Martes, 22 de enero.
Antonio Morales*
El 21 de enero de 2011, Mariano Rajoy tomó posesión como Presidente y
el 22 lo hicieron los ministros miembros de su Gobierno. Acababan de
ganar las elecciones por una amplia mayoría absoluta, asidos a los
errores del PSOE, incapaz de hacer frente a los embates del capitalismo
salvaje, y a las promesas de frenar el paro y el deterioro de la
economía. Se trataba de una burda farsa: Mariano Rajoy y su gobierno
eran plenamente conscientes de que Europa, el FMI y Alemania no habían
hecho más que empezar con la demanda de ajustes y recortes y de que
estaban llamados a ser ejecutores de una razia neoliberal contra la
democracia, lo público, las pymes y los autónomos, las cajas, las capas
más humildes de la sociedad y las clases medias… Y han sido unos alumnos
verdaderamente aplicados en esta tarea de desmontaje de nuestro
sistema de libertades y derechos.
Sin ningún género de dudas España está, un año después, muchísimo
peor. El paro, la pobreza y la exclusión social no dejan de aumentar y
el dolor sembrado parece más propio de un sadismo cruel y patológico que
de la voluntad recta de unos gobernantes de cumplir con su país y su
ciudadanía.
Desde que tomaron las riendas del Gobierno y el Parlamento empezaron a
faltar a la verdad y a sus compromisos con los electores de una manera
descarada. Dejó escrito Cicerón que “no hay nada más hermoso que buscar
la verdad, pero no hay nada más indigno que buscar la mentira y tratar
que la mentira se convierta en verdad”. Y es lo que han hecho. Nos han
ofrecido el triste espectáculo de la banalización de la mentira que,
como dice el profesor José María Ruiz-Vargas (Hundimiento moral.
Público), se convierte en “una preocupante lección de pedagogía política
impartida por personajes irresponsables que, obsesionados con los
intereses de grupo, parecen insensibles a sus desastrosas consecuencias
sociales”. Nos dijeron que no subirían los impuestos, que bajarían el
IRPF, que crearían miles de empleos, que no abaratarían el despido, que
no tocarían la educación y la sanidad, que no subirían la luz, que no
habría amnistías fiscales, que no se rescataría a los bancos con dinero
público, que no se tocarían las pensiones ni se permitiría la pérdida de
poder adquisitivo por parte de los pensionistas… Hasta las partidas
dedicadas a las islas serían estudiadas con especial cariño, nos dijo el
ministro Soria.
Pero la realidad es dolorosamente distinta. En menos de un año,
mientras el paro y la pobreza no dejan de aumentar, se incrementa el
IRPF y el IBI; se rebaja la Ley de Dependencia; se ataca el sueldo y los
derechos de los funcionarios; se aprueba una ley laboral que abarata el
despido y debilita al trabajador ante la negociación colectiva; se
sanea el sector financiero con el dinero de todos, endeudando las arcas
del Estado; se eliminan las comisiones nacionales de control y de
supervisión; se aprueba una amnistía fiscal para los evasores en
paraísos fiscales; se da vía libre a unas tasas judiciales que alejan la
justicia de los ciudadanos con menos recursos; se impone una ley
educativa castradora y reaccionaria; se disminuyen brutalmente los
recursos destinados a sanidad y educación (más de catorce mil millones) y
se propicia su deriva privatizadora; se incrementa el IVA; se rebajan
las prestaciones por desempleo; se sube varias veces el recibo de la luz
y se legisla a favor de las grandes eléctricas, mientras se produce un
hachazo tremendo a las renovables; se modifica la Ley de Costas para
favorecer a los de siempre; se anulan los impuestos a la banca de varias
comunidades autónomas; desaparece la ayuda al alquiler y se rebajan las
becas para los jóvenes; se congelan las pensiones; se crea un banco
malo que pagaremos todos; se da un tajo tremendo a la ciencia y a la
investigación; se recortan en más de quince mil millones los Planes
Concertados correctores de los desequilibrios sociales; se está
utilizando y vaciando el Fondo de Reserva de las Pensiones
comprometiendo su futuro… Y en Canarias, el Gobierno del PP, con su
ministro canario, propician una vuelta a los certificados de residencia,
la disminución de las ayudas al transporte aéreo y las bonificaciones a
los billetes de los residentes, los recortes de las subvenciones al
agua desalada, a los clubes deportivos, a las inversiones en carreteras y
transportes, a los planes de empleo, a la cultura, a las renovables
(para las que se prometió un status especial)…
En un año nos hemos convertido en el tercer país de la UE con más
riesgo de pobreza y el de mayor desigualdad social; un tercio de las
personas sin hogar han perdido su casa durante este año; se destruyen
dos mil empleos cada día y el desempleo vuelve a repuntar en un 4,5% -a
un nivel muy superior al de los dos años precedentes- hasta superar la
cifra de seis millones de parados; se producen tres suicidios diarios a
causa de la crisis; se abren abismos sociales entre los que más tienen y
los que menos; se recortan derechos y libertades fundamentales… Y desde
el Presidente al que menos pinta del Gobierno, al amparo de la soberbia y
el entreguismo, no paran de insistirnos en que “no tenemos nada de que
avergonzarnos”, que los frutos de su trabajo “no han sido palpables para
el ciudadano” y que los recortes son inevitables, que el 2013 será
“muy complicado” y que la culpa de todo es de Zapatero.
Las advertencias de The Economist de que Rajoy puede llevar al país a
“una espiral de muerte”, o de Draghi de que 2013 debe ser otro año de
“dolorosos progresos” para España, no les amilana. Aunque se les llena la
boca de intenciones de búsqueda de la transparencia, todo suena a
huero. Lo cierto es que aumentan los casos de corrupción económica y
política que toman cuerpo en forma de personajes como Rato o Güemes; la
financiación opaca e ilegal de muchos partidos políticos vuelve a
aparecer por Cataluña y por el nuevo giro del caso Gürtel, los 22
millones en Suiza del tesorero del PP y los sobres en negro a la cúpula
de ese partido; la Monarquía, por más que se le eche mil capotes, sigue
haciendo aguas y no es ajena a la podredumbre; los ciudadanos perciben
trasvases sinfín entre la política, los negocios y la justicia… Están a
lo que están y no les preocupa lo más mínimo el cabreo de los
ciudadanos y el rechazo a la politica, a los políticos y a las instituciones. No se
atisba la menor reflexión sobre la entrega de la soberanía del Estado y
la política a los poderes económicos. Mientras, aumenta la desesperanza
y el desaliento y se está poniendo en riesgo la paz y la cohesión
social. A pesar de todo, los muros de la indiferencia o la resignación
ciudadana están siendo infranqueables: “Quizás toman ventaja, como dice
Hannah Arendt, por esa misteriosa facultad nuestra que nos permite decir 'brilla el sol' cuando está lloviendo a cántaros”. Pero, ojo, nuestro
recorrido está siendo el mismo que el de Grecia y allí ya tienen las
calles llenas de los neonazis de Amanecer Dorado y ya se ha empezado a
disparar y a atentar contra los políticos y los periodistas.
*Antonio Morales es Alcalde de Agüimes. (www.antoniomorales-blog.com)