Fernando T. Romero*
Las consecuencias de la
actual crisis económica siguen avanzando en profundidad y dramatismo y afectan,
cada vez más, a mayores sectores de la población. A pesar de tantos “brotes
verdes” anunciados desde hace ya algunos años, lo cierto es que la luz al final
del túnel todavía no se percibe.
Por ello, a distintos
sectores de la sociedad, cada vez más conscientes y mayoritarios, además de
perjudicados, no les queda otra opción que expresar públicamente su disconformidad,
ya sea en los distintos medios de comunicación o en las mismas calles,
multiplicándose progresivamente los actos de protesta en las principales
ciudades del país.
Es la reacción lógica y
comprensible de los ciudadanos de un estado democrático ante el abuso, acoso y
pérdida progresiva de derechos, que han supuesto muchas de las decisiones
tomadas en los últimos tiempos por las autoridades políticas (gobiernos de
turno del PSOE y del PP).
Sin embargo, ante las
protestas, el término “antisistema” es proclamado y utilizado por muchos políticos
y periodistas como sinónimo de violento y antidemocrático para referirse a los
miles de manifestantes pacíficos que proliferan en la actualidad por la geografía
nacional.
¿Acaso manifestarse no es
un derecho de los ciudadanos en una democracia? ¿Por qué no se preguntan estos
políticos y periodistas por las razones de tanto descontento social?
¿Es normal en una
democracia que un partido político acceda al poder blandiendo y defendiendo un
programa determinado y, al día siguiente de alcanzar el poder, lo tire a la
basura y decida hacer justo lo contrario de lo que había propuesto a los
ciudadanos? ¿No se llama a eso fraude electoral, fraude a la democracia? ¿No
constituye dicho comportamiento un acto antisistema?
La reforma laboral (grave pérdida
de derechos impuesta a los trabajadores, de un nivel jamás conocido en nuestra
democracia), la subida de impuestos, los gravísimos recortes en sanidad, en
educación, en los servicios sociales, en los salarios… ¿no constituye todo eso
una clara ruptura del sistema social establecido en nuestro país?
¿Quiénes son, entonces, “los
antisistema, los violentos y los antidemocráticos”? ¿Los ciudadanos que
protestan pacíficamente por recuperar o mantener dicho sistema social o los que
han roto el mencionado e incipiente sistema de estado del bienestar que disfrutábamos?
No olvidemos que quien se
ha adelantado a violentar el voto de los ciudadanos ha sido el propio Gobierno.
El mismo presidente Rajoy lo ha manifestado: no he cumplido el programa
electoral, pero he cumplido con mi deber. ¡Vaya concepto de democracia, Sr.
Presidente!
Vamos a ver, en democracia,
Sr. Rajoy, su deber consiste en aplicar el programa electoral por el que muchos
ciudadanos le votaron. Lo conseguirá en un 60%, 70% ó 90%, pero sus decisiones
de gobierno deben orientarse al cumplimiento de su programa. No hacerlo o ni
siquiera intentarlo se llama engaño, fraude, mentira, traición a los
ciudadanos.
Es incorrecto y erróneo en
democracia agarrarse sólo a que “hemos sido elegidos”, pues el solo hecho de
resultar elegido no lo justifica todo, ni nos da carta blanca para hacer lo que
nos plazca: la elección va siempre ligada a un programa, al que el político se
compromete públicamente si es elegido.
Ante lo ocurrido en la
presente legislatura ¿qué programa electoral presentará el PP en la próxima
ocasión? Le sugiero uno muy sencillo, simple, que entiende todo el pueblo y que
ya se está aplicando en esta legislatura sin haberse propuesto a los
ciudadanos: “cumpliré con mi deber”. ¿Para qué más?
En la actualidad, el
Gobierno está utilizando la autoridad, el poder y los recursos del estado,
incluida la mayoría parlamentaria, para gobernar contra los ciudadanos. ¿Acaso
pretende el Gobierno que los ciudadanos le aplaudan por ello?
Está claro que, en época de
crisis, las carencias del sistema democrático de nuestro país se han hecho más
palpables y el descontento es evidente ante las enormes injusticias que están
sufriendo los ciudadanos. ¿Nos resignamos?
*Fernando T. Romero es miembro de la Mesa de Roque Aguayro.
