7 de febrero de 2014

Opinión: "Gamonal y crisis de la Democracia"

Viernes, 7 de febrero.

Fernando T. Romero*
Sin entrar en disquisiciones filosóficas y reduciendo al mínimo la definición de las concepciones ideológicas, podríamos decir que ser o sentirse de izquierdas supone aspirar permanentemente al progreso social desde la lucha por la igualdad, la solidaridad y la defensa de los más débiles.
Sin embargo, actualmente, nada de eso se observa en Europa, donde se practica una política conservadora a ultranza que aumenta las desigualdades y recorta los derechos.
A pesar de la propaganda gubernamental, de sus voceros, de sus terminales mediáticas y de sus ejercicios de autoestima (como la reciente convención del PP en Valladolid), las cosas no mejoran para los ciudadanos. Y digan lo que digan, lo cierto es que estamos mucho peor que en 2008.
Para confirmarlo, ahí tenemos los datos recientes del tercer Observatorio de Seguimiento de la Reforma Laboral (de carácter empresarial), que confirma que los salarios se han reducido en un 10% de media, tras los dos años de su aplicación. Y esto, sin contar los varios cientos de miles de desempleados que, en paralelo, esta reforma ha provocado entre la ciudadanía. Y por si fuera poco, los datos del paro registrado en las oficinas de Empleo del pasado mes de enero, añaden la existencia de 113.000 desempleados más en este país.
¿Por qué, entonces, se sigue insistiendo en la austeridad cuando se ha visto que no funciona? Está claro, porque sirve para justificar más recortes y más desigualdad, que es lo que pretende la derecha política. ¿Y la izquierda? Bien, gracias. Ni está ni se le espera.
Todos recordamos todavía la protesta social, hace pocas semanas, del barrio burgalés de Gamonal. Una protesta que en principio no cabía esperar que tuviese mayores consecuencias. Pero los ciudadanos (y no la izquierda) están llegando a tal punto de hartazgo que, un episodio local como ése, generó un movimiento inesperado de simpatía, apoyo y solidaridad en muchos otros lugares del país.
Esa crisis o revuelta social nos hace pensar en la existencia de un malestar social acumulado durante estos años de crisis económica. Este malestar, aunque generalizado, se ha contenido; pero podría repetirse por cualquier otro hecho menor en el lugar menos esperado del Estado.
Expresiones como “no nos escuchan” y “gobiernan para los ricos” se están repitiendo en las últimas concentraciones y manifestaciones y reflejan la percepción del gran alejamiento que hay entre los ciudadanos y sus representantes. Además, esos eslóganes manifiestan también una clara insatisfacción y la idea de que estamos siendo engañados.
No en vano, en un reciente informe sobre la desigualdad en el mundo publicado por Oxfam, la mayoría de la población cree que las leyes y normativas actuales están concebidas para beneficiar a los ricos. Y en España, ocho de cada diez personas están de acuerdo con la mencionada afirmación.
No hay más que recordar el conjunto de recortes (= ¿reformas?) en todos los ámbitos, llevados a cabo por el actual gobierno del PP. No obstante, según ellos, los ciudadanos han aplaudido sus “difíciles” decisiones porque las han considerado necesarias para el país. Uno le diría al gobierno, una vez más, que miente descaradamente y que no insulte de esa manera la inteligencia de los ciudadanos. Y le recordaría que quienes han aplaudido, hasta con las orejas sus decisiones, han sido la troika y los grandes empresarios y banqueros de este país, únicos verdaderos beneficiarios de sus desmanes.
Pero, a pesar de todo, uno piensa que la ciudadanía no manifiesta mayoritariamente un rechazo contra la democracia, ya que la democracia como sistema político es exigido en casi todas partes y no se duda de los principios y valores que representa. Sin embargo, es la democracia real actual la que está en crisis: se cuestionan sus reglas, sus instituciones y a muchas personas que las rigen.
En este sentido, pasan los meses, los años y nada cambia en el escenario político para mejorar el evidente desprestigio de las principales instituciones democráticas. Son pocos los que utilizan y defienden las instituciones para lo que objetivamente fueron concebidas. Por el contrario, muchos políticos, desde la Administración Local hasta las altas instituciones del Estado, vienen asumiendo que la defensa de las instituciones no son asunto suyo, sino competencia de los tribunales de justicia.
Una buena parte de los políticos se han acostumbrado a actuar a golpe de sentencias judiciales, olvidándose de lo prioritario: la representación popular y sus responsabilidades y obligaciones éticas contraídas con los ciudadanos que le votaron. Y luego se quejan de la judicialización de la política, cuando son ellos mismos los que la propician.
Últimamente, hasta el popular y populista mundo del fútbol ha impartido lecciones de ética a los políticos: Neymar es más decisivo que Bárcenas a la hora de provocar una dimisión. ¿Puede caer más bajo la política?
Mientras tanto, ¿para cuándo la reforma del Sistema Electoral General? ¿Y el control efectivo de la financiación de los partidos? ¿Y la reforma o desaparición del Senado y de las Diputaciones Provinciales? ¿Y para cuándo la eliminación de los privilegios judiciales y laborales de los Diputados? ¿Y la legislación eficaz contra la corrupción? Y si hay que cambiar la Constitución, ¿para cuándo? ...
Esos son, entre otros muchos, algunos de los problemas que los ciudadanos demandan resolver a nuestros políticos y son los que realmente beneficiarían a la democracia real en nuestro país. Pero ellos rehúyen cobarde e interesadamente su resolución. Sin embargo, eso sí, convierten casi en un problema de Estado el hecho de que la Infanta vaya a los juzgados caminando o en coche. ¡Qué nivel!
Es lo que hay. ¿Nos resignamos?
*Fernando T. Romero es miembro de la Mesa de Roque Aguayro.