Domingo, 15 de marzo.
Vicente Llorca Linares*
Hubo una época en que el valor de la palabra dada era ley. Y en ese tiempo andaba entre nosotros alguien que no solo creía en ella, también la amaba y, además, iluminaba con su entusiasmo desprendido cuanto le rodeaba. Sabía, como dice un refrán de su amada África, que la lengua es un templo en el que está encerrado el alma del que habla y quería prestigiar aún más su valor.
No le importaba por dónde transitara, ni aun cuando lo hiciera por un triángulo sumido en la miseria. Supo siempre que la palabra era una deliciosa herramienta con la que construir un tiempo y una realidad ilusionante. La palabra, no la verborrea de la que se valen los políticos cuando menos ideas manejan.
La palabra era de todos y había que dársela a todos, vinieran de donde vinieran, había incluso que invitarlos, porque todos tenían algo que contar, sabedor, como dijera Günter Grass, de que cualquier cultura que crea que puede vivir de su propia sustancia es aburrida y vacía. Él sabía que hablar era una necesidad y que hablando se cultivaba en todo el arte de escuchar. Así crecía y enriquecía la cultura. Hablar y escuchar. Contar y disfrutar, diciendo y oyendo. El valor de la palabra.
De eso hace 35 años y de entonces a hoy los ha habido y hay que pretenden denostar y degradar el valor de las palabras. Esos que se empeñan en hablar más que nunca, diciendo mucho menos. Creerán que impondrán un nuevo relato con sus 'discursos', el de que las palabras se las lleva el viento, y pudiera parecerlo; pero olvidan, como certeramente observara Augusto Roa Bastos, que la tradición oral es la única fuente de comunicación que no se puede saquear, robar ni borrar.
Así pasen los años la narrativa subyuga, se impone al chusco, torticero y coyuntural relato ahora en boga. Por algo el Festival de Narración Oral de Agüimes, que creó hace ya 35 años Antonio Lozano, es el más antiguo de España y perdura con vigencia, cautivando, llevándonos a todos los mundos, trayéndonos vivencias de contadores de ley que ponen en valor la palabra que dan, la vida, sin ditirambos, ni mercachifleos. Palabra a palabra. Escuchándonos.
No le importaba por dónde transitara, ni aun cuando lo hiciera por un triángulo sumido en la miseria. Supo siempre que la palabra era una deliciosa herramienta con la que construir un tiempo y una realidad ilusionante. La palabra, no la verborrea de la que se valen los políticos cuando menos ideas manejan.
La palabra era de todos y había que dársela a todos, vinieran de donde vinieran, había incluso que invitarlos, porque todos tenían algo que contar, sabedor, como dijera Günter Grass, de que cualquier cultura que crea que puede vivir de su propia sustancia es aburrida y vacía. Él sabía que hablar era una necesidad y que hablando se cultivaba en todo el arte de escuchar. Así crecía y enriquecía la cultura. Hablar y escuchar. Contar y disfrutar, diciendo y oyendo. El valor de la palabra.
De eso hace 35 años y de entonces a hoy los ha habido y hay que pretenden denostar y degradar el valor de las palabras. Esos que se empeñan en hablar más que nunca, diciendo mucho menos. Creerán que impondrán un nuevo relato con sus 'discursos', el de que las palabras se las lleva el viento, y pudiera parecerlo; pero olvidan, como certeramente observara Augusto Roa Bastos, que la tradición oral es la única fuente de comunicación que no se puede saquear, robar ni borrar.
Así pasen los años la narrativa subyuga, se impone al chusco, torticero y coyuntural relato ahora en boga. Por algo el Festival de Narración Oral de Agüimes, que creó hace ya 35 años Antonio Lozano, es el más antiguo de España y perdura con vigencia, cautivando, llevándonos a todos los mundos, trayéndonos vivencias de contadores de ley que ponen en valor la palabra que dan, la vida, sin ditirambos, ni mercachifleos. Palabra a palabra. Escuchándonos.
*Vicente Llorca Linares es director adjunto de Canarias7.
