1 de noviembre de 2026

El asno de oro: Preliminar y capítulos 1 y 2

 Domingo, 1 de noviembre. 

Victoriano Santana

ANTECEDENTE

Apuleyo en Noticias de Agüimes


PRELIMINAR

Quiero acariciar tu benévolo entendimiento con el grato murmullo de las variadas historias que para ti voy a hilvanar a continuación. Dígnate tan solo a recorrer con tu mirada lo que en su momento se compuso sobre un papiro egipcio con una fina caña del Nilo y podrás admirar a criaturas humanas que cambian de forma y condición, y que posteriormente recobran su primitivo estado si la fortuna les es favorable…

¿Que quién te habla? Lucio, mercader curioso. Lo hace en su nombre, que es el mío. ¿Que quién soy yo? Apunta: Apuleyo el Madaurense, pues nací en la próspera y culta Madaura, ciudad que hoy en día se conoce como M’Daourouch y que forma parte de la provincia argelina de Souk Ahras, de donde era también Agustín de Hipona —san Agustín—, quien me dedicó en su momento algunas palabras que contribuyeron a que yo no cayera en el olvido. ¿Cuándo? Pensando en tu manera de contar el tiempo —diferente de la mía—, hacia el año 125 d. C., aproximadamente.

De familia con posibles —mi padre fue duunviro donde vi la luz por primera vez—, estudié en Cartago y Atenas, lo que me permitió adquirir una sólida formación en las retóricas latina y griega, filosofía, poesía, geometría, astronomía… y tener una inmejorable proyección desde muy joven. Había superado por poco las dos décadas de vida cuando ya había estado en Roma, impartiendo conocimientos, ejerciendo la abogacía y recibiendo toda clase de parabienes de mis afines.

Me casé con una viuda rica, Pudentila, madre de mi amigo Ponciano, quien cuidó de mí en su casa durante una larga convalecencia que debí cumplir cuando rondaba la treintena. No pocos disgustos me trajo esta boda por culpa de algunos parientes de mi esposa, que vieron en mí «un desaprensivo cazador de dotes, capaz de valerse de filtros y encantamientos para doblegar la voluntad de la viuda acaudalada».

Tuve que defenderme ante el procónsul Claudio Máximo de las acusaciones. De mis palabras, pronunciadas sobre el año 158 d. C. en Sabratha —para ti, ahora, una antigua ciudad de Libia—, nació un discurso que, con el tiempo, reelaborado, se conoce como Apologia sive pro se de magia liber (Discurso sobre la magia en defensa propia). Contiene un poquito de todo: alegatos judiciales documentados para mi defensa personal, autobiografía seleccionada, un tanto de filosofía, otro tanto de poesía…

Otros discursos y conferencias dicté más adelante. Algunos se recogieron en Flórida. Aunque, a decir verdad, aquí aparecen los veintitrés trozos de exposiciones que han llegado hasta tu época, recopilados por no sé quién. Por la variedad de asuntos curiosos que abordo y el afán estilístico con el que me aplico en mis composiciones, quizás halles en algunas piezas algo de tu interés por su forma o su contenido, o por la combinación de ambas.

Los misterios de la fe siempre me resultaron gratos al entendimiento. Soy un hombre de creencias. Un promotor de ritos y de miradas que van más allá de los límites de nuestra condición humana. Un ministro de las deidades que me han acompañado a lo largo de mi vida y que, con sus acciones y potencias, han ayudado a cambiar, a transformar, a modificar a las personas. De algún modo, en el sentido formativo, un taumaturgo soy, como ese san Gregorio, celebrado cada 17 de noviembre, que protege la grancanaria urbe de donde procede quien articuló todo esto que ahora lees y que, supongo, te contará los pormenores de esta empresa editorial que nos convoca en el anejo que sigue a mi historia. Supongo, repito…

Dicen numerosas fuentes, relevantes por la posición académica que ocupan, que tras el año 170 d. C. se encuentra la fecha de mi fallecimiento. ¿Importa este dato? Estamos en 2026 y estás leyendo esto que he escrito ahora para ti; y tan pronto como pases este preliminar, te adentrarás en una —deseo para ti— jugosa Metamorfosis, también conocida con el título de El asno de oro, que vine a componer en la etapa final de mi trayectoria intelectual y que me reconfortaron gracias a la única magia que la humanidad ha poseído y manejado: la de las palabras, que todo lo mudan y, a la vez, todo lo preservan; que todo lo muestran y, al mismo tiempo, lo ocultan; que a todo dan la forma del ser y del estar, y a todo hacen desaparecer.

Da igual cuándo falleciera. Sigo vivo; y tú, conmigo, ahora, a través de estas páginas, también. Eso es lo que importa. Lo único que importa. El instante. Este instante…

Capítulo 1. De camino a HÍPATA...

…iba cuando, tras recorrer altas montañas, húmedos valles, frescas praderas y campos de cultivo, mi caballo se hallaba tan extenuado de andar como yo de ir sentado sobre su grupa. Quiero estirar las piernas y decido que descansemos cerca de la orilla de un río. El viento emitía un arrullo a su paso entre las hojas de los árboles que invitaba al sueño. Una dulce fragancia nos envuelve. Busco un sitio sombreado donde echarme un rato. Dejo mi corcel cerca de un frondoso rosal para que paste y se refresque. No sé cuánto me pudo vencer el sopor ni lo que duró la duermevela, pero recuerdo que al rato advertí los sonidos de una animada conversación que muy cerca de donde estaba mantenían dos hombres. Cuando acerté con la procedencia de las palabras, me incorporé y me dirigí hacia ellos. Llegué al tiempo que uno, entre risas, le decía al otro: «¡Vaya mentiras tan disparatadas me cuentas!».

Vivos los deseos de entretenerme con algo jugoso, interrumpí la conversación. Tras saludar, presentarme y decir que me dirigía a Hípata, pedí que me pusieran al corriente del asunto que abordaban.

Hombre 1. Hola, Lucio. Ven. Únete a nosotros. Nosotros también vamos para allá. Me llamo Aristómenes y este incrédulo, Patrucio.

Patrucio. ¿Incrédulo me llamas? ¡Pero si es mentira todo eso que estás soltando! Es tan cierto como afirmar que basta un conjuro para que los ríos retrocedan, se inmovilicen los mares, se duerman los vientos, se oscurezca el sol, caigan las estrellas como de las ramas la fruta madura, a voluntad desaparezca el día o se alargue sin fin la noche…

Con la confianza que da el sentirse bien recibido, dije: «Oye, Aristómenes, nuevo amigo, ¿de qué habla? ¿Puedes ponerme al tanto?».

Aristómenes. Lo haré. Te lo contaré todo desde el principio para que aprecies la historia como se debe, pues juro por este divino Sol que todo lo ve que yo no refiero nada cuya exactitud no pueda comprobarse. Ya verás que, si alguna sospecha tuvieras sobre la verdad de lo que te refiero, desaparecerá cuando llegues a Hípata, pues allí no se habla de otra cosa sino de estos hechos.

Patrucio. Cuéntalo todo, venga, y que juzgue nuestro invitado, pero hazlo mientras reemprendemos la marcha; si no, acabará por pillarnos la noche.

Aristómenes. Me parece bien. 

«De acuerdo estoy», señalé. 

Aristómenes. Se dijo. Caminemos, pues. Verás, Lucio, yo soy de Egio y me dedico a la distribución de miel, queso y mercancías similares que sirvo a las tabernas de todos los rincones de Hípata, Etolia y Beocia. Un día…

Capítulo 2. la historia de aristómenes y sócrates

…enterado de que en Farsalia se vendía a buen precio un queso fresco de exquisito sabor, acudí rápidamente con intención de adquirir toda la partida. Enseguida me puse en ruta, pero con muy mala sombra, pues la esperanza del negocio se vino abajo cuando, nada más llegar, supe que Lupo, un comprador al por mayor, había adquirido toda la mercancía la víspera de mi llegada. «Tanto esfuerzo para nada», pensé.

Como estaba cansado tras la inútil carrera, al caer la tarde me dirigí a unos baños para relajarme. Allí me encontré con mi camarada Sócrates, a quien hacía mucho tiempo que no veía. Estaba sentado en el suelo, medio desnudo, con un manto viejo y roto, casi irreconocible por su palidez, desfigurado y demacrado. Parecía uno de esos miserables que, abandonados de la suerte, piden limosna por las calles. En estas condiciones, aunque era íntimo amigo mío y perfectamente conocido, me fui acercando a él con mis dudas:

Narrador. ¿Eres tú, Sócrates?

Y cuando ya no me cupo duda alguna de que sí lo era…

Narrador. Pero, querido Sócrates, ¿qué mal te aqueja? ¡Qué aspecto! Pero ¿cómo es posible que estés así? ¿En tu casa ya te lloran muerto y enterrado? ¿Tus hijos ya tienen tutores asignados por decreto del juez provincial? ¿Tu mujer, después de cumplir con sus últimas obligaciones con relación a ti y de consumirse mucho tiempo en el duelo y abatimiento hasta el extremo que, a fuerza de llorar, ha perdido casi por completo la vista, ahora se ve obligada por la propia familia a animar su casa desolada con la alegría de un nuevo matrimonio? ¿A qué se debe que parezcas un alma en pena?

Sócrates. Aristómenes, caro amigo, conocedor de las lejanas comodidades y beneficios, e ignorante, bien se ve, de las volubles peripecias de la fortuna, sus caprichosas sorpresas, sus sucesivos vaivenes…

Al hablar así, cubrió con sus harapos su rostro, ahora ruborizado. Al hacerlo, dejó al descubierto el resto de su cuerpo de la cintura para abajo. No pude soportar tan lamentable y mísero espectáculo, y le tendí la mano para ayudarlo a levantarse. Pero él, así como estaba, es decir, con la cabeza tapada, rechazaba mi auxilio.

Sócrates. Deja, deja que la diosa Fortuna disfrute durante más tiempo del trofeo que ella misma se ha erigido.

No sin esfuerzos logré que me siguiera. Me quité una de mis dos túnicas y se la puse apresuradamente; luego, lo conduje al baño. Yo mismo le preparé el perfume y las toallas. A fuerza de frotar, hice desaparecer la roña espesa que lo recubría. Cuando ya estaba bien limpio, lo llevé a una fonda, sosteniendo sus miembros desfallecidos a duras penas, pues el cansancio también me iba dominando. Le preparé una cama acogedora, lo reanimé con una suculenta comida y una mejor bebida, y lo distraje contándole historias de mercaderes.

Así conseguí que al rato le entraran ganas de hablar, de reír, hasta de gastar bromas y de hacer chistes. En un determinado momento, emitió desde lo más hondo de su corazón un suspiro desgarrador y, tras golpearse la frente con su mano repetidas veces, se lamentó diciendo:

Sócrates. ¡Desgraciado de mí! Por correr tras el placer de un renombrado espectáculo de gladiadores, he caído en esta pesadilla. ¡Ay…!

Yo lo miraba con asombro y él, percatándose de mi gesto de extrañeza, prosiguió con la explicación:

Sócrates. Como quizás sepas, pues vecino mío eres, hace tiempo que salí hacia Macedonia para resolver un lucrativo negocio. Después de nueve meses de trabajo, regresaba con un abundante beneficio. Poco antes de llegar a Larisa, tomé un atajo para ver ese espectáculo al que tan aficionado soy. De repente, en un valle solitario y accidentado, me vi rodeado por unos horribles salteadores, quienes me despojaron de todo menos de la vida. Hui del lugar y terminé refugiándome en la taberna de una tal Meroe, mujer entrada en años, pero todavía de muy buen ver. A ella le conté los pormenores de mi largo viaje y del angustioso regreso junto con el horrible atraco. Empezó por tratarme con las máximas atenciones; después compartió gratuitamente conmigo su excelente mesa y más tarde, en un exceso de pasión, su propia cama. Aquella velada me gustó tanto que me envicié de lo que me daba y caí en sus redes.

Aquí empezó mi desgracia: una sola noche a su lado, una sola, y heme aquí ya víctima de una interminable y nauseabunda convivencia. Hasta los harapos que la generosidad de los atracadores me había dejado para cubrirme fueron a parar a sus manos. Le di hasta el mísero salario que ganaba arrastrando sacos cuando todavía era capaz de hacerlo. Tú mismo acabas de ver a qué mísero estado me ha reducido. He perdido todo lo que me importaba.

Narrador. Por Pólux, bien merecido tienes el peor de los castigos si pudiera haber otro peor que tu última aventura. ¿Cómo has podido, por los vulgares placeres del amor, por una alegría pasajera, por una vil prostituta, sacrificar tu hogar y tus hijos?

Sócrates. ¡Silencio, silencio!

Esto me ordena mientras se lleva el índice a los labios con gesto atónito, aterrorizado y mirando a su alrededor para ver si era posible hablar sin riesgos.

Sócrates. ¡Cuidado! ¡Baja la voz! Es una mujer con virtudes sobrenaturales. Podrías atraerte algún disgusto con palabras imprudentes.

Narrador. Dime, ¿qué clase de mujer es esa poderosa reina de las cantineras? ¿Tanto poder tiene?

Sócrates. Es una hechicera, una adivina capaz de rebajar la bóveda del cielo, de suspender en los aires la tierra, de petrificar las aguas, de disolver las montañas, de invocar a los poderes infernales, de hacer descender sobre la tierra a los dioses, de oscurecer las estrellas o iluminar hasta el mismo Tártaro.

Narrador. Deja la retórica a un lado y háblame en román paladino. No estoy ahora para elocuencias.

Sócrates. En presencia de muchos testigos, a uno de sus amantes, que había tenido la osadía de irse con otra, lo convirtió en castor con una sola palabra para que corriera la misma suerte de este animal salvaje, que se libra de los cazadores seccionándose los genitales por temor a la cautividad.

A un cantinero, vecino suyo y que, por lo tanto, le hacía la competencia, lo transformó en rana. Ahora, el pobre nada en un tonel y, sumergido en las heces del vino, saluda cortésmente con su ronca voz a los antiguos clientes al tiempo que se alimenta de moscas.

A un abogado que había hablado en contra de ella lo metamorfoseó en cordero y ahora tienen por ahí a un borrego defendiendo pleitos; y a una cabra, que antaño había sido un juez que la había condenado, dictando sentencias.

Sigo. La mujer de cierto amante suyo, que estaba embarazada, se refirió a ella con algún gracioso sobreentendido. Ella paralizó el desarrollo del fruto que llevaba y la obligó a padecer una preñez permanente. Por ahí va, en el octavo año de su gravidez, hinchada como si fuera a parir un elefante.

Y así sucedía con una y otra víctima, hasta el punto de que aumentó la indignación pública y se acordó una vez que al día siguiente se la castigaría con toda severidad bajo una lluvia de piedras. Ella, gracias a sus encantamientos, supo de esta intención y, con la ayuda de unos seres sobrenaturales, los retuvo a todos encerrándolos en sus casas. Durante dos días completos fue imposible forzar las cerraduras, arrancar las puertas y hasta perforar las paredes. Por fin, con resignación, los vecinos proclamaron y juraron que ninguno de ellos le pondría la mano encima y que le prestarían ayuda y protección si a alguien se le ocurriera pensar otra cosa. Estas condiciones fueron suficientes para aplacar su ira y liberar a toda la ciudad.

Al cabecilla de la insurrección lo castigó duramente. Avanzada la noche, transportó por los aires su casa, entera y cerrada como estaba, a cien millas de distancia y la depositó en la montaña más alta y lo más lejos posible del agua.

Narrador. Me estás contando, amigo Sócrates, cosas tan asombrosas como horribles. Tanto es así que has conseguido que me asuste. Acostémonos enseguida. Cuando el sueño haya aliviado nuestra fatiga, sin esperar el día, huyamos de aquí. Alejémonos lo más posible de este siniestro lugar.

Aún estaba yo dando consejos cuando el bueno de Sócrates, vencido por los efectos del vino y por una larga fatiga, roncaba profundamente. Cerré la puerta, eché el pestillo, situé mi camastro junto a la puerta y me tumbé. Al principio, el pánico me mantenía despierto; después, sobre la medianoche, el sueño me iba venciendo poco a poco.

Acababa de cogerlo, aunque fuera con pinzas, cuando, tras una violenta sacudida, la puerta salió de repente disparada hacia el interior de la habitación. Con los goznes arrancados de cuajo, despedido por los aires, la acompañé. Rodando, acabé aprisionado debajo de la cama donde estaba mi amigo.

Aturdido y asustado, cuando conseguí cierto tino, miré de reojo para ver qué había pasado y vi a dos mujeres ya entradas en años que se acercaban: una llevaba una lámpara encendida; la otra, una esponja y una espada desenvainada. Rodearon al dormilón de Sócrates, quien no daba muestras de haberse enterado de lo ocurrido. La que tenía la espada, que oí que se llamaba Meroe, dijo:

Meroe. Aquí tienes, hermana Pantia, a mi adorado tormento, que día y noche se ha burlado de mi edad y condición. Aquí tienes al que, menospreciando mi amor, me deshonra con sus calumnias. Míralo. Se prepara para huir y abandonarme. Por lo visto, ha decidido que, cual nueva Calipso abandonada por el astuto Ulises, llore con su marcha mi eterna soledad.

Se agachó. Tras verme y sonreír, sentenció:

Meroe. En cuanto a este otro, el bueno de Aristómenes, el consejero que tuvo la iniciativa de la evasión y que ahora mismo, postrado en tierra, se figura que se va a quedar libre de las ofensas que me ha dirigido, haré que se arrepienta de los pensamientos que tiene hacia mí y de su nociva curiosidad. Acabaré con él…

Al oír estas palabras, pobre de mí, me sentí inundado por un sudor helado. Las entrañas me tiritaban de tal modo que el camastro, agitado por mis sobresaltos, bailaba sobre mi espalda.

Pantia. Dime, hermana, ¿empezamos por despedazar a este a la manera de las bacantes o lo atamos debidamente para mutilar su virilidad?

Meroe. ¿Sabes? Me lo he pensado. Creo que lo mejor es que sobreviva para que, al menos, haya alguien que amontone un poco de tierra sobre el cuerpo de este desgraciado de Sócrates, que duerme vivo por última vez.

Con una mano, me sacó del escondite y me lanzó al otro lado de la habitación. Señaló a mi amigo y me soltó un «mira» que me heló. Luego inclinó la cabeza de su víctima y, entre la clavícula y el omóplato izquierdo, le hundió limpiamente su espada hasta la empuñadura. Recogió cuidadosamente en un pequeño odre la sangre, que brotaba sin que salpicara la menor gota. Introdujo la mano derecha por la herida, rebuscó hasta el fondo y arrancó sin dificultad el corazón de mi pobre compañero, quien solo emitió un breve suspiro y expiró. Pantia taponó la herida con una esponja y lanzó un conjuro:

Pantia. Esponja, ten cuidado: hija del mar eres, no pases por el río.

Tras la macabra escena, deciden marcharse; pero antes, se acercan hasta donde estoy, logran inmovilizarme, se ponen a horcajadas sobre mi cara y alivian sus vejigas, inundándome de un líquido nauseabundo.

Apenas cruzaron el umbral cuando la puerta se elevó e intacta recobró su primitiva posición. Las bisagras se colocaron en sus respectivos huecos, las barras de refuerzo retornaron a sus puntos de apoyo y los pestillos, a sus escarpias; mi camastro volvió a su lugar y todo parecía de lo más normal.

Yo seguía allí, tirado en el suelo, sin fuerzas, desnudo, congelado, oliendo a demonios y sintiéndome como un superviviente de mí mismo. Asustado como estaba, comencé a rumiar: «¿Qué será de mí cuando por la mañana vean a este hombre sin vida? ¿Quién creerá mi relato, aunque me asista la pura verdad? Podía al menos haber gritado para pedir ayuda si no era capaz de enfrentarme a esas dos mujeres, pero… ¿Degüellan a un hombre en mi presencia y no digo nada? Además, ¿cómo no fui yo también atacado? ¿Por qué su feroz crueldad me perdonó y me convirtió en testigo del crimen? Pues si me he escapado ahora de la muerte, me temo que volveré a ella porque sigo con vida».

Mientras yo daba vueltas a esos pensamientos, la noche se iba desvaneciendo ante la llegada del día y me pareció, quizás sin mucha claridad, que la mejor solución al embrollo en el que estaba era escapar furtivamente antes del alba y ponerme en ruta, aunque fuera a tientas. Cojo mis pertenencias y me dispongo a marcharme de allí, pero aquella puerta, que por sí sola había saltado hacía un rato, ahora se negaba a dejarme pasar. Grité:

Narrador. Oye, tú, fondista, ¿dónde estás? Ábreme la puerta. Quiero salir.

Fondista. ¿Qué? ¿No sabes que estos caminos están infestados de ladrones? ¿Desconoces el peligro de ponerte en ruta sin la luz del día? Si tienes algún crimen sobre tu conciencia, mi cabeza no está para morir en tu lugar.

Narrador. No falta ya mucho para ser de día. Además, ¿qué pueden quitar los salteadores al más pobre de los viajeros?

Fondista. ¿Quién me asegura que no pretendes darte a la fuga después de degollar al que anoche acompañaste aquí?

En aquel momento, me parece recordarlo todavía, vi la tierra abrirse bajo mis pies y, en el fondo del Tártaro, al can Cerbero hambriento y dispuesto a devorarme. Y se me ocurrió que, sin duda, Meroe no me había perdonado la vida por compasión, sino por crueldad: me había reservado para la cruz.

De vuelta al dormitorio, pensaba en el procedimiento más expeditivo para quitarme la vida y miré a mi camastro: «Querido camastro, camastro de mi desespero, tú, que conoces y has presenciado lo que esta noche ha pasado aquí, y que eres el único testigo que puedo citar en defensa de mi inocencia, proporcióname un arma saludable para irme directo a los infiernos».

Decía esto mientras desenredaba las viejas cuerdas que formaban el somier. Até uno de sus extremos a una viga que formaba parte del sostén del techo; en el otro hice un fuerte nudo. Luego me subí a la cama y me estiré para asegurar mi muerte. Introduje el cuello en el lazo; pero al empujar con el pie el punto de apoyo con el fin de que el propio peso apretara la soga y me cortara la respiración, esta se rompió. Caí de pie y, tambaleándome, vine a desplomarme justo encima de Sócrates al tiempo que oía la voz del fondista, que entraba en la habitación sin avisar y que me veía “acostado” junto a mi amigo.

Fondista. ¿Y eso? ¿Tanta prisa por salir y ahora te veo roncando entre las mantas?

Por el golpe de mi caída o por acabar los dos en el suelo porque la cama no resistió dos cuerpos, o por los gritos de aquel maldito hombre, o por lo que fuera, el caso es que Sócrates se despertó.

Sócrates. No me extraña que todos los viajeros detesten a estos mesoneros. Este impertinente entra aquí en el momento más inoportuno, sin duda con el afán de robar algo; y con sus clamorosos chillidos, cuando más cansado estoy, me saca del más profundo de los sueños. Y tú…, tú… ¿Qué haces tú aquí conmigo? ¿Qué hacemos los dos tirados en el suelo?

Me incorporé alegre y, con la felicidad inesperada, me dirigí al fondista:

Narrador. Aquí tienes, entrometido, aquí tienes a mi compañero y hermano, al que esta noche, según tus calumnias, en medio de la borrachera, yo había matado.

Decía esto al tiempo que besaba y abrazaba a Sócrates; pero él, captando el olor nauseabundo de la ducha hedionda de las brujas, hacía todo lo posible por rechazarme duramente:

Sócrates. Fuera de aquí, asqueroso. Hueles peor que la más inmunda cloaca.

Trató de indagar con interés la procedencia del perfume que me aromatizaba, pues no recordaba haberlo olido antes de acostarse; pero yo, bromeando, logré desviar el tema. Pagué al mesonero el importe de nuestra estancia y salimos de aquel infame lugar.

Caminamos un buen trecho. Vimos cómo el sol iluminaba todo cada vez más. Mientras, yo, de la manera más discreta posible, miraba desconcertado el cuello de mi compañero, cerca de donde le había clavado Meroe la espada, y me decía para mis adentros: «Necio, debiste de estar sumido bajo los efectos del vino para soñar tales disparates. Ahí tienes a Sócrates intacto, sano y salvo. ¿Dónde está la lesión? ¿Dónde la esponja? ¿Dónde la huella de tan profunda y reciente herida?». Luego, dirigiéndome a él, le comenté:

Narrador. Hay que dar la razón a los médicos cuando afirman que un estómago atiborrado de comida y bebida sueña con tragedias. Ayer, por no haber tenido cuidado con el vino, pasé una noche espantosa, pues se me representaron horribles y truculentas pesadillas. Todavía me imagino salpicado y manchado de sangre humana.

Sócrates. No, hombre, de sangre no; di, más bien, de un líquido infecto. Atufas, querido. Por mi parte, debo decir que yo también he tenido un sueño extraño: creía que me degollaban; que me dolía aquí, en el cuello, e imaginaba que me arrancaban el corazón. Fue tan real que aún ahora, al recordarlo, se me corta la respiración, me tiemblan las piernas, pierdo el equilibrio y siento necesidad de comer algo para reanimarme.

Descuelgo la alforja de mi espalda y le doy rápidamente pan con queso.

Aristómenes. Toma, aquí tienes el desayuno. Sentémonos junto a estos plátanos.

Nos acomodamos y yo, mientras comía lo mismo que mi amigo, observaba el excelente apetito que tenía. De repente, veo que su cara se desencaja, que se pone pálido y se desmaya.

Como puedes imaginar, Lucio, me asusté; y más cuando, recordando lo sucedido esa noche con las brujas, me di cuenta de que no había transeúntes cerca que pudiesen testimoniar que yo no era el autor de la muerte de mi amigo.

Al rato, se repuso y me dijo que tenía una sed irresistible. Como cerca de donde estábamos corría un apacible arroyo, a él se dirigió. Se puso de pie, buscó un punto de apoyo en la orilla al nivel del agua, se arrodilló y se inclinó para beber. Apenas había tocado con la punta de los labios la superficie del agua cuando la herida de su cuello se abrió en una profunda brecha de la que salió de repente la esponja acompañada de una ligera hemorragia. Murió.

Con el impacto de la escena golpeando mi cabeza y mi corazón, logré enterrar su cuerpo cerca del río y, con tristeza y miedo, emprendí la huida por caminos apartados y solitarios, como si yo hubiera sido quien acabó con la vida de mi desafortunado amigo.

SIGUIENTE: Domingo 8 de noviembre.

Capítulo 3. En casa de Milón. Desencuentro con Pitias