Estamos de
Feria en el Sureste de Gran Canaria. Desde hace once años los agricultores,
ganaderos y artesanos de esta Comarca exhiben lo mejor de su producción en el
mes de noviembre a más de cien mil visitantes. Se trata de una gran fiesta colectiva
alrededor de la gente que se mantiene fiel al sector primario. Las
avenidas principales de Ingenio, Agüimes y Santa Lucía se convierten cada año
en un gran mercado al aire libre para ofrecer una amplia variedad de productos
de cercanía. Y se vende mucho. Y mucha gente salva con ello la temporada.
Coincidiendo con esta feria, la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos
(UPA) organizó en el Teatro Cruce de Culturas del Cruce de Arinaga un
encuentro con hombres y mujeres del campo que se desplazaron desde distintos
lugares de la isla para hablar de sus problemas, anhelos e inquietudes.
Estas dos
manifestaciones, que giran alrededor del sector primario, me mueven a hacer
algunas reflexiones sobre la necesidad de potenciar un sector absolutamente imprescindible
para la supervivencia que se encuentra cada vez más fagocitado por los grandes
oligopolios agroalimentarios y dejado de la mano de Dios por muchas de las las
instituciones obligadas a velar por su existencia.
He repetido
hasta la saciedad que la manera más efectiva de hacer frente a la globalización
neoliberal que se ha adueñado del mundo es plantar cara desde el ámbito de lo
local. La democracia cobra su dimensión más importante desde lo próximo; desde
los movimientos vecinales y los ayuntamientos. Es ahí donde se encuentra el
auténtico germen de la participación en los asuntos colectivos. Donde se dan
las respuestas más inmediatas a las demandas ciudadanistas. La defensa
del municipalismo garantiza la soberanía del pueblo sobre los asuntos que más
le competen. Y es también desde la cercanía como podemos asegurar otras
soberanías necesarias para la supervivencia de esta comunidad canaria aislada
en medio del atlántico.
En los
últimos años hemos insistido mucho en defender la necesidad de la soberanía
energética para Canarias para romper con los monopolios y los cárteles
energéticos que potencian nuestra dependencia del exterior; para
propiciar un modelo de generación endógeno que avale la autosuficiencia y la
independencia energética de esta tierra a través de las renovables. La
realidad es que apenas producimos un 6% de energías limpias y tenemos que
importar el 94% de lo que consumimos en forma de combustibles fósiles desde el
exterior.
Y sucede lo
mismo con los alimentos. En la actualidad dependemos en más de un 90% de la
importación para abastecernos. Desde hace un par de generaciones en Canarias
venimos dando la espalda al mundo rural. Y las razones no son muy distintas a
las que se dan en otros lugares del planeta y tiene que ver con el
capitalismo salvaje y su afán por acaparar el poder que les confiere controlar
las tierras, las materias primas, las semillas, los fertilizantes, los
alimentos procesados con enormes daños colaterales para la salud, los precios,
la producción… Según Intermón Oxfam, entre 300 y 500 empresas tienen en sus
manos el comercio alimentario mundial. De ellas solo diez controlan el 70%.
Menos de un 10% de los terratenientes poseen más del 70% de las tierras
productivas del mundo. Solo en Europa en apenas ocho años se han perdido tres
millones de explotaciones rurales. La especulación, que pone en riesgo la paz
mundial, hace que los grandes fondos de inversión acaparen los productos y el
mercado para aumentar los precios, lo que ha generado un aumento del número de
pobres en 70 millones; que existan más de mil millones de personas en situación
de inseguridad alimentaria; que el consumo energético derivado de las
producciones masivas y lejanas contribuyan enormemente al calentamiento
global y que el precio de los productos se duplique para 2030. El mismo
Banco Mundial reconoce en distintos informes que la deriva neoliberal ha
debilitado el apoyo público disminuyendo las ayudas, créditos y seguros
agrarios con que contaban los agricultores.
Pero el afán
monopolizador no se queda en eso. No hay sino que mirar a nuestro alrededor
para comprobar cómo las grandes superficies se adueñan del mercado pagando poco
a los productores y cobrando mucho a los consumidores (en Europa han absorbido
el 80% ), cómo proliferan los todo incluido, las libertades de horario, las
ayudas a la importación frente a la producción local, las cadenas de
distribución monopolistas, etc.
Por la
seguridad y la soberanía alimentaria, por la necesidad de poner freno al
consumo energético y por tanto al cambio climático, por la recuperación del
paisaje y los usos tradicionales y por poner en valor de manera justa el
trabajo de las familias que laboran la tierra, es preciso que devolvamos la
mirada en el planeta, y desde luego en Canarias, al mundo rural. Los núcleos de
medianías se van despoblando año tras año. Uno de cada tres agricultores tiene
ya más de 65 años. Las infraestructuras y los equipamientos sanitarios o
educativos son más precarios. La Red Española de Desarrollo Rural puso en
marcha no hace mucho una campaña para que la Real Academia Española modifique
el significado del término rural al que define como "Perteneciente o relativo a
la vida en el campo y a sus labores. Inculto, tosco, apegado a cosas
lugareñas". Curiosamente, para la Academia el término "urbano" tiene el
significado de «perteneciente o relativo a la ciudad. Cortés, atento, de buen
modo». Es cuando menos reveladora la definición de la RAE sobre la ruralidad.
Sin ninguna
duda la producción y el consumo de proximidad deben ocupar un papel
preponderante frente a la agricultura intensiva e industrial. Según
Gustavo Duch (Lo que hay que tragar. Ed. Los libros del lince), Vía Campesina
hizo un estudio en el que demostró que un kilo de espárragos producido en
México necesita cinco litros de petróleo para viajar por vía aérea hasta Suiza
y, sin embargo, un kilo de espárragos producido en Ginebra solo necesita 0´3
litros de petróleo para llegar al consumidor. Según el Wuppertal Institute de
Alemania, los ingredientes necesarios para producir un yogurt de fresas
recorren 8.000 kilómetros, cuando se podrían obtener en un radio de 70
kilómetros. Para romper la dependencia exterior; para evitar la escasez y
la carestía del petróleo y, por tanto, de los alimentos; para evitar la emisión
de CO2.., es preciso que se pongan en marcha políticas de incentivación de la
producción agrícola y ganadera local y que se establezcan mecanismos
correctores que permitan la continuidad de los asentamientos de la población en
el medio rural. Que pongamos en valor el sector agropecuario desde un
punto de vista económico pero también desde una perspectiva social. Que
apostemos por iniciativas respetuosas con el medioambiente y con la salud
a través de la agricultura y la ganadería ecológicas; a través de las pequeñas
y medianas explotaciones agrícolas y ganaderas de ámbito local, de mercados
locales que comercialicen directamente los productos y a través de pequeñas
industrias complementarias que produzcan materiales para embalar, envasar, etc.
Y para que esto sea posible, los
estados deben recuperar su autonomía frente a los grandes poderes financieros y
las administraciones más cercanas deben apostar por incentivar la producción
local, por poner los medios necesarios para que el sector primario ocupe un
lugar central en la economía de un territorio y por propiciar un gran
pacto social que asegure su presencia en los índices de desarrollo. Para
que no quede todo en mera desiderata, para que no se sigan perdiendo tierras y
empleo como ha pasado con el tomate y tantos otros productos. Y, sobre todo,
los consumidores debemos saber qué hacemos con nuestro dinero y hacer todo lo
posible por demandar y consumir productos locales y de cercanía. Aunque no nos
lo creamos, tenemos mucho poder para poder cambiar las cosas. Para
contribuir a la soberanía alimentaria.
*Antonio Morales es Alcalde de Agüimes. (www.antoniomorales-blog.com)
