Sábado, 30 de agosto.
Aridane González*
Que el ser humano es el motor de esta crisis climática es algo que ya no tiene discusión. La ciencia lo ha demostrado. Si hay personas que no lo ven, está claro que estamos fallando.
Por eso es importante parar y mirar a nuestro alrededor para reconocer la realidad de la sociedad que nos rodea. No es fácil cuando vivimos a un ritmo frenético y con las luces puestas como si de una carrera se tratara. A pesar de que la preocupación por el cambio climático es más que evidente (lo demuestran las encuestas), la prioridad diaria y la confusión hacen crecer corrientes de negacionistas o de personas que desconfían de todo, incluida la ciencia o los científicos/as. Todas las personas que nos dedicamos a investigar el cambio climático, buscar soluciones en mitigación y adaptación, divulgar ese conocimiento y comunicarlo nos enfrentamos día a día a una ola de ataques sin argumentos ni datos consolidados. Nos enfrentamos al intento de desacreditar o de generar desconfianza.
Por eso, siempre bajo mi humilde opinión, creo que estamos fallando. Si el cambio climático es una cuestión demostrada por la comunidad científica, ¿por qué la sociedad no es capaz de entender su gravedad, sus impactos o las posibles soluciones? ¿Por qué cada día crece esa desconfianza sobre los investigadores/as, divulgadores/as o comunicadores/as que nos dedicamos a este asunto? O simplemente, ¿por qué no estamos dispuestos/as a sacrificar ciertos hábitos diarios y mejorar nuestro entorno?
Obviamente me preocupa el caso concreto de Canarias, porque nos va el bienestar en ello. No es dramatizar. Entre otros asuntos, la gallina de los huevos de oro que da de comer a miles de personas está altamente vinculada al clima de Canarias. Perder nuestra «eterna primavera» o exponernos a fenómenos extremos pueden cambiar el panorama socio-económico de Canarias. No solo vivimos en un territorio con graves impactos demostrados en las últimas décadas (aumento de la temperatura, disminución del pH, aumento de calimas, aumento del nivel del mar, etc.), sino que avanzar en mitigación y adaptación al cambio climático no es una prioridad para una parte de nuestra sociedad.
Estamos fallando, también al simplificar demasiado el debate. Durante años se ha usado el término «cambio Ccimático» para todo: cada temporal, cada incendio, cada episodio de calima intensa. Hasta tal punto que la contaminación marina, la sobreconstrucción, la sobrexplotación de los recursos naturales y los microplásticos se han llegado a clasificar como una cuestión climática. Y no, no todo es cambio climático.
El clima es un sistema complejo. El calentamiento global aumenta la probabilidad de ciertos fenómenos extremos, sí, pero no es la causa directa de cada episodio, de cada evento o de otros aspectos relacionados con la incapacidad del ser humano para vivir en armonía con el entorno que le rodea. Al no explicar estas sutilezas, hemos abierto un espacio para el escepticismo: cuando la realidad no encaja con el relato simplificado, la gente duda de la ciencia.
También hemos fallado al no entender cómo funciona nuestra propia mente. El ser humano está diseñado para responder a amenazas inmediatas, a problemas que ocurren en horas o días. Pero el cambio climático no funciona así. Su escala temporal es distinta: hablamos de décadas y tendencias acumuladas, no de eventos puntuales. Pedimos a la sociedad que reaccione con urgencia ante un problema cuyo impacto pleno se está viendo a una escala a la que no está acostumbrada. Hablamos de décadas, pero la sociedad está preocupada por llegar a final de mes. Y aquí está uno de los mayores retos de la comunicación: cómo hacer visible lo que avanza lento, pero seguro. Lo que avanza y destruye nuestro entorno y afecta a nuestra salud.
Fallamos también en mezclar el debate político con el desarrollo científico. Las políticas climáticas muchas veces no van de la mano de la ciencia, ni en tiempo ni en forma. En repetidas ocasiones vemos cómo se utiliza el término «cambio climático» para justificar decisiones de muy distinta índole. Pero el clima no lo explica todo: hay problemas de gestión, de modelo económico, de planificación territorial, y confundirlo todo bajo la misma etiqueta solo genera ruido y siembra desconfianza.
Cuando el cambio climático se invoca como argumento para todo, la ciencia pierde fuerza, y quienes desconfían de las decisiones políticas acaban desconfiando también de los hechos científicos. Es importante señalar que el cambio climático no entiende de mayorías parlamentarias. Debería ser una cuestión de estado. Es una realidad científica que va poniendo a todos en su lugar y tarde o temprano se darán cuenta. La atmósfera no vota, el océano no negocia presupuestos y los ecosistemas no esperan los dilatados tiempos de la burocracia. Mientras, el ser humano sigue fracasando. Mostramos incapacidad para que la acción climática sea una lucha justa y no de clases, de todos y todas y no de ricos o pobre.
Posiblemente, en lo que más estamos fallando es en conectar con la sociedad. En este caso la canaria. En esta comunidad autónoma tenemos evidencias científicas, informes y publicaciones rotundas sobre los impactos y sus consecuencias. Llevamos años poniendo el acento independiente de la ciencia en la gravedad del impacto del cambio climático y su relación con el futuro de las islas. También hay datos suficientes para saber qué es el cambio climático y qué no lo es. Cuando logremos, entre todos y todas, traducir esos datos a ejemplos reales que la sociedad pueda entender y sentir como suyos, tendremos mucho recorrido ganado para desarrollar medidas de acción climática. Para que cualquier vecino/a sepa que no hacer nada es mucho más caro que hacerlo.
Mientras tanto, el tiempo pasa y las soluciones llegan a cuenta gotas. Pero ese lento transcurrir hace que la desinformación gane terreno. En redes y tertulias se mezclan bulos, medias verdades y discursos negacionistas. Algunos minimizan los impactos; otros los exageran para generar alarma o incluso se mezcla cualquier cosa con el clima. Eso hace que se erosione la confianza. Por eso es momento de pararse y actuar. Buscar nuevas fórmulas y poner luces largas, no solo ver el hoy o el mañana.
El futuro de Canarias está en juego, y no es solo un desafío ambiental: es un reto económico, social y cultural. Si seguimos el mismo camino y no miramos a nuestro alrededor, perderemos lo que conocemos, nuestros ecosistemas, nuestras costas y nuestra calidad de vida.
Reconciliar ciencia, política y sociedad no será fácil, pero es urgente. Significa hablar menos de culpables y más de soluciones, menos de prohibiciones y más de oportunidades, menos de ideología y más de comunidad. Implica reconocer nuestros errores, pero también aprender de ellos. En Canarias, más que en ningún otro lugar, necesitamos una narrativa que inspire cooperación y nos haga ser el espejo donde otras islas del mundo se puedan mirar.
El cambio climático no es un debate, es una realidad científica contundente. La acción climática no es cosa de científicos/as, es de todos y todas.
Por eso es importante parar y mirar a nuestro alrededor para reconocer la realidad de la sociedad que nos rodea. No es fácil cuando vivimos a un ritmo frenético y con las luces puestas como si de una carrera se tratara. A pesar de que la preocupación por el cambio climático es más que evidente (lo demuestran las encuestas), la prioridad diaria y la confusión hacen crecer corrientes de negacionistas o de personas que desconfían de todo, incluida la ciencia o los científicos/as. Todas las personas que nos dedicamos a investigar el cambio climático, buscar soluciones en mitigación y adaptación, divulgar ese conocimiento y comunicarlo nos enfrentamos día a día a una ola de ataques sin argumentos ni datos consolidados. Nos enfrentamos al intento de desacreditar o de generar desconfianza.
Por eso, siempre bajo mi humilde opinión, creo que estamos fallando. Si el cambio climático es una cuestión demostrada por la comunidad científica, ¿por qué la sociedad no es capaz de entender su gravedad, sus impactos o las posibles soluciones? ¿Por qué cada día crece esa desconfianza sobre los investigadores/as, divulgadores/as o comunicadores/as que nos dedicamos a este asunto? O simplemente, ¿por qué no estamos dispuestos/as a sacrificar ciertos hábitos diarios y mejorar nuestro entorno?
Obviamente me preocupa el caso concreto de Canarias, porque nos va el bienestar en ello. No es dramatizar. Entre otros asuntos, la gallina de los huevos de oro que da de comer a miles de personas está altamente vinculada al clima de Canarias. Perder nuestra «eterna primavera» o exponernos a fenómenos extremos pueden cambiar el panorama socio-económico de Canarias. No solo vivimos en un territorio con graves impactos demostrados en las últimas décadas (aumento de la temperatura, disminución del pH, aumento de calimas, aumento del nivel del mar, etc.), sino que avanzar en mitigación y adaptación al cambio climático no es una prioridad para una parte de nuestra sociedad.
Estamos fallando, también al simplificar demasiado el debate. Durante años se ha usado el término «cambio Ccimático» para todo: cada temporal, cada incendio, cada episodio de calima intensa. Hasta tal punto que la contaminación marina, la sobreconstrucción, la sobrexplotación de los recursos naturales y los microplásticos se han llegado a clasificar como una cuestión climática. Y no, no todo es cambio climático.
El clima es un sistema complejo. El calentamiento global aumenta la probabilidad de ciertos fenómenos extremos, sí, pero no es la causa directa de cada episodio, de cada evento o de otros aspectos relacionados con la incapacidad del ser humano para vivir en armonía con el entorno que le rodea. Al no explicar estas sutilezas, hemos abierto un espacio para el escepticismo: cuando la realidad no encaja con el relato simplificado, la gente duda de la ciencia.
También hemos fallado al no entender cómo funciona nuestra propia mente. El ser humano está diseñado para responder a amenazas inmediatas, a problemas que ocurren en horas o días. Pero el cambio climático no funciona así. Su escala temporal es distinta: hablamos de décadas y tendencias acumuladas, no de eventos puntuales. Pedimos a la sociedad que reaccione con urgencia ante un problema cuyo impacto pleno se está viendo a una escala a la que no está acostumbrada. Hablamos de décadas, pero la sociedad está preocupada por llegar a final de mes. Y aquí está uno de los mayores retos de la comunicación: cómo hacer visible lo que avanza lento, pero seguro. Lo que avanza y destruye nuestro entorno y afecta a nuestra salud.
Fallamos también en mezclar el debate político con el desarrollo científico. Las políticas climáticas muchas veces no van de la mano de la ciencia, ni en tiempo ni en forma. En repetidas ocasiones vemos cómo se utiliza el término «cambio climático» para justificar decisiones de muy distinta índole. Pero el clima no lo explica todo: hay problemas de gestión, de modelo económico, de planificación territorial, y confundirlo todo bajo la misma etiqueta solo genera ruido y siembra desconfianza.
Cuando el cambio climático se invoca como argumento para todo, la ciencia pierde fuerza, y quienes desconfían de las decisiones políticas acaban desconfiando también de los hechos científicos. Es importante señalar que el cambio climático no entiende de mayorías parlamentarias. Debería ser una cuestión de estado. Es una realidad científica que va poniendo a todos en su lugar y tarde o temprano se darán cuenta. La atmósfera no vota, el océano no negocia presupuestos y los ecosistemas no esperan los dilatados tiempos de la burocracia. Mientras, el ser humano sigue fracasando. Mostramos incapacidad para que la acción climática sea una lucha justa y no de clases, de todos y todas y no de ricos o pobre.
Posiblemente, en lo que más estamos fallando es en conectar con la sociedad. En este caso la canaria. En esta comunidad autónoma tenemos evidencias científicas, informes y publicaciones rotundas sobre los impactos y sus consecuencias. Llevamos años poniendo el acento independiente de la ciencia en la gravedad del impacto del cambio climático y su relación con el futuro de las islas. También hay datos suficientes para saber qué es el cambio climático y qué no lo es. Cuando logremos, entre todos y todas, traducir esos datos a ejemplos reales que la sociedad pueda entender y sentir como suyos, tendremos mucho recorrido ganado para desarrollar medidas de acción climática. Para que cualquier vecino/a sepa que no hacer nada es mucho más caro que hacerlo.
Mientras tanto, el tiempo pasa y las soluciones llegan a cuenta gotas. Pero ese lento transcurrir hace que la desinformación gane terreno. En redes y tertulias se mezclan bulos, medias verdades y discursos negacionistas. Algunos minimizan los impactos; otros los exageran para generar alarma o incluso se mezcla cualquier cosa con el clima. Eso hace que se erosione la confianza. Por eso es momento de pararse y actuar. Buscar nuevas fórmulas y poner luces largas, no solo ver el hoy o el mañana.
El futuro de Canarias está en juego, y no es solo un desafío ambiental: es un reto económico, social y cultural. Si seguimos el mismo camino y no miramos a nuestro alrededor, perderemos lo que conocemos, nuestros ecosistemas, nuestras costas y nuestra calidad de vida.
Reconciliar ciencia, política y sociedad no será fácil, pero es urgente. Significa hablar menos de culpables y más de soluciones, menos de prohibiciones y más de oportunidades, menos de ideología y más de comunidad. Implica reconocer nuestros errores, pero también aprender de ellos. En Canarias, más que en ningún otro lugar, necesitamos una narrativa que inspire cooperación y nos haga ser el espejo donde otras islas del mundo se puedan mirar.
El cambio climático no es un debate, es una realidad científica contundente. La acción climática no es cosa de científicos/as, es de todos y todas.
*Aridane González es Presidente del Comité de Personas Expertas para el Cambio Climático y el Fomento de la Economía Circular y Azul en Canarias.