Viernes, 27 de marzo.
Fernando T. Romero*
Cuando hablamos del Hilo del Pueblo nos estamos refiriendo al hilo o chorro de agua que discurría en acequias por casi todas las calles del casco de Agüimes para usos domésticos y riego de algunas huertas de los vecinos. El Hilo fue considerado como bien de dominio público. Este servicio era gratuito, conforme a derecho consuetudinario. Los vecinos recogían las aguas de las acequias de las calles en cántaros o vasijas.
Su origen es prehispánico y perduró en Agüimes, tras la conquista castellana, por decisión del Obispo Diego de Muros. Éste, como titular del Señorío, en 1502 le indicó al alcalde de aguas que, al distribuir las aguas del Barranco de Guayadeque en Heredades, respetara los derechos de los aborígenes agüimenses. En la Caja de Reparto de dicho Barranco se abrió un agujero del tamaño y forma de ojo de un buey para abastecer a los habitantes de Agüimes.
Desde esa Caja que repartía las aguas que correspondían a Ingenio y Agüimes, las aguas del Hilo se incorporaban a las de las Heredades de la Villa y, por una acequia de argamasa las aguas llegaban juntas hasta el sitio denominado Los Molinos, en donde entraban en una caja de reparto.
Desde la caja de Los Molinos, las aguas del Hilo bajaban por una acequia y se bifurcaban en la Plaza de San Sebastián (hoy Plaza del Rosario) en dos mitades iguales. Desde allí, la primera mitad iba a la calle Progreso, siguiendo por la calle Clavel hasta enlazar con el Ejido por la calle Desierta. La segunda mitad iba por la calle Libertad, calle Moral y transversales.
El Chorro o Hilo del Pueblo discurría todos los días, respetándose las primeras horas de la mañana, desde las seis a las nueve, para el servicio de los vecinos, excepto los domingos. Desde las nueve en adelante hasta las seis de la tarde, los vecinos podían utilizar el agua del Hilo para obras de construcción y otros usos, ya fueran públicos o privados; pero con el permiso correspondiente del alcalde y mediante subasta.
Con la desaparición del Señorío de Agüimes, en torno a 1840 el Hilo del Pueblo inició una nueva etapa, pues, con la desamortización, algunos antiguos mayordomos del Señorío y otras familias con poder trataron de apropiarse de esta agua. Si bien era cierto que las aguas de origen público podían ser adquiridas por los particulares por prescripción a los veinte años de posesión mediante subasta.
Sin embargo, todavía en febrero de 1927, el alcalde Francisco Suárez Artiles comunicaba al Ministro de Fomento que el Hilo del Pueblo pertenecía al común de los vecinos del Casco. Pero la realidad era que, pocos años después, el 6 de abril de 1933, siendo alcalde Juan Rodríguez Melián, “se acordó proceder a la expropiación de las aguas del Hilo del Pueblo, propiedad de particulares”. Esta expropiación nunca se llevó a cabo.
Sin embargo, el Ayuntamiento republicano, recuperó una iniciativa de la Corporación Municipal de agosto de 1916, en la convicción de que el caudal de las aguas del Hilo era aprovechado, cuando no robado, por la Heredad de Santa María. Y el 1 de abril de 1932, se acordó hacer un cauce completamente separado “para evitar se perjudique al pueblo”, encargándose plano y presupuesto para canalizar el Hilo por tuberías de hierro galvanizado a partir de la Caja de Reparto del Barranco de Guayadeque.
Mientras tanto, el siglo XX seguía su curso y en marzo de 1935, el Ayuntamiento pagaba 2.500 ptas. con los fondos del Hilo del Pueblo a Antonio González Medina por los planos para la conducción y construcción de pilares de abasto público. Y el 30 de septiembre de 1937, el Ayuntamiento acordaba colocar tres pilares: uno en la Plaza de Santo Domingo, otro en la Plaza de San Antonio Abad y el tercero en la Plazoleta de Verdugo.
La instalación de la red pública de abastecimiento de agua, así como la red de alumbrado público en esos años por la CICER (Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riego) y la instalación de los primeros teléfonos (1931), supuso un importante salto en la calidad de vida y progreso para el pueblo de Agüimes que se introducía con cierto retraso en el siglo XX.
Las ordenanzas para la distribución, reparto y buen uso de las aguas del Hilo eran responsabilidad del Ayuntamiento. Pero estas aguas se regían por una administración autónoma denominada Comisión del Hilo del Pueblo, que era nombrada por la Corporación y estaba formada por tres personas. El depositario era la persona encargada de custodiar el dinero del Hilo.
El dinero de los remates de las aguas del Hilo para huertas o pozos particulares constituía una fuente de ingresos para las arcas del Ayuntamiento. Con los fondos del Hilo se pagaban los panegíricos de las fiestas de San Sebastián, los fuegos artificiales, los viajes de autoridades a Las Palmas y a los barrios, el traslado de enfermos, la limpieza de caminos, la construcción de la alameda o del edificio del ayuntamiento, arreglo de calles, etc.
A principios de diciembre de 1953, un informe del abogado Salvador León Castellano calificaba las aguas del Hilo como bienes de dominio público que las hacían imprescriptibles. Y opinaba que dichas aguas podían incorporarse al patrimonio municipal como bien de dominio público. El último depositario del Hilo del Pueblo fue el concejal Agustín Artiles Romero, quien renunció a su cargo de depositario el 9 de diciembre de 1953, cuando a propuesta del alcalde Narciso Bordón Suárez, se decidió que el Ayuntamiento administraría directamente las aguas del Hilo.
Así terminaba definitivamente una ancestral tradición y el cordón umbilical que desde más de 500 años había unido a los habitantes de Agüimes con sus antepasados aborígenes. Finalmente, el 17 de junio de 1964, siendo alcalde Francisco Suárez Suárez, se acordó por unanimidad acabar definitivamente con las aguas del Hilo del Pueblo, incorporándolas al Presupuesto Ordinario del Ayuntamiento.
*Fernando T. Romero es Cronista Oficial de Agüimes.
Su origen es prehispánico y perduró en Agüimes, tras la conquista castellana, por decisión del Obispo Diego de Muros. Éste, como titular del Señorío, en 1502 le indicó al alcalde de aguas que, al distribuir las aguas del Barranco de Guayadeque en Heredades, respetara los derechos de los aborígenes agüimenses. En la Caja de Reparto de dicho Barranco se abrió un agujero del tamaño y forma de ojo de un buey para abastecer a los habitantes de Agüimes.
Desde esa Caja que repartía las aguas que correspondían a Ingenio y Agüimes, las aguas del Hilo se incorporaban a las de las Heredades de la Villa y, por una acequia de argamasa las aguas llegaban juntas hasta el sitio denominado Los Molinos, en donde entraban en una caja de reparto.
Desde la caja de Los Molinos, las aguas del Hilo bajaban por una acequia y se bifurcaban en la Plaza de San Sebastián (hoy Plaza del Rosario) en dos mitades iguales. Desde allí, la primera mitad iba a la calle Progreso, siguiendo por la calle Clavel hasta enlazar con el Ejido por la calle Desierta. La segunda mitad iba por la calle Libertad, calle Moral y transversales.
El Chorro o Hilo del Pueblo discurría todos los días, respetándose las primeras horas de la mañana, desde las seis a las nueve, para el servicio de los vecinos, excepto los domingos. Desde las nueve en adelante hasta las seis de la tarde, los vecinos podían utilizar el agua del Hilo para obras de construcción y otros usos, ya fueran públicos o privados; pero con el permiso correspondiente del alcalde y mediante subasta.
Con la desaparición del Señorío de Agüimes, en torno a 1840 el Hilo del Pueblo inició una nueva etapa, pues, con la desamortización, algunos antiguos mayordomos del Señorío y otras familias con poder trataron de apropiarse de esta agua. Si bien era cierto que las aguas de origen público podían ser adquiridas por los particulares por prescripción a los veinte años de posesión mediante subasta.
Sin embargo, todavía en febrero de 1927, el alcalde Francisco Suárez Artiles comunicaba al Ministro de Fomento que el Hilo del Pueblo pertenecía al común de los vecinos del Casco. Pero la realidad era que, pocos años después, el 6 de abril de 1933, siendo alcalde Juan Rodríguez Melián, “se acordó proceder a la expropiación de las aguas del Hilo del Pueblo, propiedad de particulares”. Esta expropiación nunca se llevó a cabo.
Sin embargo, el Ayuntamiento republicano, recuperó una iniciativa de la Corporación Municipal de agosto de 1916, en la convicción de que el caudal de las aguas del Hilo era aprovechado, cuando no robado, por la Heredad de Santa María. Y el 1 de abril de 1932, se acordó hacer un cauce completamente separado “para evitar se perjudique al pueblo”, encargándose plano y presupuesto para canalizar el Hilo por tuberías de hierro galvanizado a partir de la Caja de Reparto del Barranco de Guayadeque.
Mientras tanto, el siglo XX seguía su curso y en marzo de 1935, el Ayuntamiento pagaba 2.500 ptas. con los fondos del Hilo del Pueblo a Antonio González Medina por los planos para la conducción y construcción de pilares de abasto público. Y el 30 de septiembre de 1937, el Ayuntamiento acordaba colocar tres pilares: uno en la Plaza de Santo Domingo, otro en la Plaza de San Antonio Abad y el tercero en la Plazoleta de Verdugo.
La instalación de la red pública de abastecimiento de agua, así como la red de alumbrado público en esos años por la CICER (Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riego) y la instalación de los primeros teléfonos (1931), supuso un importante salto en la calidad de vida y progreso para el pueblo de Agüimes que se introducía con cierto retraso en el siglo XX.
Las ordenanzas para la distribución, reparto y buen uso de las aguas del Hilo eran responsabilidad del Ayuntamiento. Pero estas aguas se regían por una administración autónoma denominada Comisión del Hilo del Pueblo, que era nombrada por la Corporación y estaba formada por tres personas. El depositario era la persona encargada de custodiar el dinero del Hilo.
El dinero de los remates de las aguas del Hilo para huertas o pozos particulares constituía una fuente de ingresos para las arcas del Ayuntamiento. Con los fondos del Hilo se pagaban los panegíricos de las fiestas de San Sebastián, los fuegos artificiales, los viajes de autoridades a Las Palmas y a los barrios, el traslado de enfermos, la limpieza de caminos, la construcción de la alameda o del edificio del ayuntamiento, arreglo de calles, etc.
A principios de diciembre de 1953, un informe del abogado Salvador León Castellano calificaba las aguas del Hilo como bienes de dominio público que las hacían imprescriptibles. Y opinaba que dichas aguas podían incorporarse al patrimonio municipal como bien de dominio público. El último depositario del Hilo del Pueblo fue el concejal Agustín Artiles Romero, quien renunció a su cargo de depositario el 9 de diciembre de 1953, cuando a propuesta del alcalde Narciso Bordón Suárez, se decidió que el Ayuntamiento administraría directamente las aguas del Hilo.
Así terminaba definitivamente una ancestral tradición y el cordón umbilical que desde más de 500 años había unido a los habitantes de Agüimes con sus antepasados aborígenes. Finalmente, el 17 de junio de 1964, siendo alcalde Francisco Suárez Suárez, se acordó por unanimidad acabar definitivamente con las aguas del Hilo del Pueblo, incorporándolas al Presupuesto Ordinario del Ayuntamiento.
*Fernando T. Romero es Cronista Oficial de Agüimes.

