Domingo, 29 de marzo.
Redacción
La nueva ofensiva del Comité Olímpico Internacional (COI) contra las mujeres trans en el deporte de élite ya tiene consecuencias dolorosas.
El pasado día 26 de marzo, anunció una nueva política para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 que limita la categoría femenina a las llamadas “mujeres biológicas” e introduce un test genético basado en el gen SRY.
Aunque no es retroactiva, esta medida representa un giro de gran importancia política, deportiva y simbólica, transformando nuevamente los cuerpos de las mujeres trans en objeto de sospecha, control y exclusión.
En Canarias, esa decisión cae como una losa sobre una figura que lleva años abriendo camino, la joven agüimense Omaira Perdomo, jugadora del Club Voleibol Guía, que no habla desde la teoría ni desde la trinchera abstracta de las redes sociales: habla desde la experiencia de quien ha tenido que existir, resistir y competir en un sistema que demasiadas veces discute su legitimidad antes que reconocer su talento.
Perdomo, que ha sido noticias a este respecto en la práctica totalidad de los medios de comunicación españoles, ha sido señalada en distintos medios y entidades como pionera, como la primera mujer trans en España y en Europa en debutar en la máxima categoría de un deporte olímpico, el voleibol.
"Sinceramente me aterra y me preocupa muchísimo”, resume Omy Perdomo con una claridad que desarma cualquier intento de reducir este debate a reglamentos o tecnicismos.
Y enseguida amplía el foco al indicar que "no simplemente a nivel deportivo y federativo, sino porque creo que es un movimiento que se está llevando para despreciar a mi colectivo y a nosotros como personas”.
Ahí está el verdadero núcleo del problema, en lo que se presenta como una decisión de despacho sobre elegibilidad deportiva que tiene un eco que desborda las pistas, las canchas y los estadios.
Cuando una institución del peso del COI decide excluir, el mensaje que se filtra hacia abajo es devastador: que hay identidades que deben justificarse permanentemente y derechos que pueden ponerse en cuarentena.
Perdomo no esconde el golpe emocional al señalar que “me siento un poco desilusionada”, y se reconoce frustrada, insegura, incluso herida por la sensación de haber abierto camino para otras y encontrarse ahora ante una puerta que vuelve a cerrarse.
Pero en su discurso no hay resignación, hay rabia convertida en convicción al manifestar que “somos personas muy resilientes, muy trabajadoras, y que nos pongan una piedra más en el camino no considero que nos condicione para ponernos un freno”.
Su respuesta, en ese sentido, es mucho más que personal: es la impugnación directa de un modelo que quiere convertir la diferencia en amenaza y la diversidad en excepción.
Ese es, precisamente, el gran peligro de decisiones como la anunciada por el COI, pues no solo expulsan de una categoría, legitiman un clima, alimentan la idea de que las personas trans deben ser sometidas a una vigilancia extraordinaria, como si su mera presencia necesitara explicación.
Y eso ocurre, además, en un contexto en el que la participación de atletas trans en los Juegos ha sido mínima en términos numéricos, algo que distintos medios han subrayado tras el anuncio.
Frente a ese ruido global, Omaira Perdomo ofrece desde Arinaga un contrapunto valioso, pues a diferencia de los discursos instalados en el alarmismo, ella mira también a las nuevas generaciones con una mezcla de realismo y esperanza.
Cree que hoy existe más conciencia social, más referentes y una presencia más visible de personas trans en colegios, trabajos y espacios públicos.
“La gente ya no ve esta situación como un caso aislado”, viene a decir, y esa idea importa porque cada referente visible, cada trayectoria que no se esconde, cada entrevista que se publica y cada partido que se juega erosionan un poco más la ignorancia sobre la que prospera la transfobia.
Su mensaje final no pide permiso ni compasión, sino que reclama presencia y asegura que “lo fundamental es pensar en positivo y no callarnos, salir a la calle, hablar al respecto, luchar por nuestros derechos”.
En una época en la que demasiadas instituciones parecen dispuestas a sacrificar derechos de minorías en nombre de una supuesta protección, la voz de Omaira Perdomo recuerda algo elemental: no hay justicia deportiva posible si se construye sobre la exclusión de personas por ser quienes son.
