Martes, 10 de marzo.
Antonio Morales*
Desde tiempos inmemoriales, contamos con luces que alumbran nuestros pasos por este mundo; en nuestro caso, en una isla destinada a ser la página en blanco donde escribir una singular y milenaria historia sobre el Atlántico.
Algunas de esas luces extraordinarias brillan durante unos días. Es el caso de los rayos del sol cuando se elevan sobre las espaldas de la Caldera de Tejeda para anunciar la llegada del otoño, al caer con precisión sobre el marcador labrado en la toba volcánica por la población aborigen.
Otras luces, en cambio, alumbran sin descanso, con la intensidad propia de todo aquello nacido para perdurar en forma de memoria, respeto e inspiración permanente. En esta categoría se encuentra Cipriano Martín.
Jamás se alcanza una cima sin contar con un guía experto, solidario, bueno, sabio y comprometido. Como aves confiadas, todos estos adjetivos se posaban sobre la persona de Cipriano.
Cipriano Marín, y conviene recordarlo las veces que sea necesario para que la población grancanaria tome clara conciencia de ello, fue ese faro indispensable en la travesía que condujo a que el mundo reconociera la magnitud del tesoro de tiempo que albergaba nuestra cumbre. Es la huella de la antigua población canaria que mantiene su latido en el presente.
Los acontecimientos cruciales para un territorio y un pueblo poseen un lugar y un momento con los que pasan a ser registrados en la historia. En el caso del Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria, ocurrió en la mañana del 7 de julio de 2019 en Bakú, capital de Azerbayán, donde la Unesco declaró su condición de Patrimonio de la Humanidad.
Pero esos momentos inolvidables también tienen nombres propios. En este caso, está escrito con mayúsculas el de la persona a la que hoy rendimos este necesario homenaje público. Y por muchos motivos que quiero subrayar…
Un dicho del Cáucaso azerbayano, precisamente, afirma lo siguiente: «Si las manos se unen, moverán montañas». Rescato esta idea porque la combinación de calidad científica y humana de Cipriano, su clarividencia, su capacidad para concitar consensos y movilizar esfuerzos y voluntades resultaron fundamentales en la configuración de una candidatura sólida y a la altura del legado de las Montañas Sagradas de la isla.
Gracias a Cipriano, convencimos al mundo. Y me atrevería a decir que convencimos a la propia isla, superando las incredulidades, resistencias internas, tibiezas e inseguridades que tantas veces nos han coartado a lo largo de la historia.
Esta vez, muy por el contrario, Cipriano nos hizo ver con claridad que hemos tenido la fortuna y la responsabilidad de recibir en nuestras manos la rica y singular herencia de quienes habitaron el corazón mismo de las Montañas Sagradas, en diálogo constante con la tierra que pisaban y los astros.
Cipriano aportó su visión panorámica, la propia de un pionero y firme defensor de la sostenibilidad, del turismo responsable, de los valores democráticos, de la identidad y la diversidad de los pueblos del planeta, con especial sensibilidad hacia los territorios insulares.
El proceso que impulsamos desde el Cabildo y que él ayudó a enhebrar con rapidez y extraordinario rigor sigue siendo un ejemplo ante la Unesco. Además, reavivó el sentimiento de ser depositarios de una naturaleza y un devenir histórico fascinantes. Es un entorno que muda de apariencia a la vuelta de cada barranco, envuelto en los saberes de hombres y mujeres que han escrito sus biografías sobre el territorio con la misma precisión de los grabados que contemplamos en cuevas y santuarios.
Hoy en día, son esas huellas las que nos indican el camino, en una apuesta por un modelo racional de desarrollo que se ramifica hacia el futuro sin olvidar sus raíces. Porque Cipriano nos mostró que el Patrimonio Mundial es un abrazo al pasado, pero también un modo de entender el futuro.
Hay personas que prometen y personas que cumplen. Hay vidas que pasan y biografías que dejan un surco fértil a su paso. Podemos ser el polvo que se lleva el viento o la roca. Cipriano Marín eligió en todo momento la segunda opción. Cipriano era portador de una autenticidad que impregnó el expediente del Patrimonio Mundial y, aferrados a esa verdad, alcanzamos la orilla, que era la cumbre, esta vez.
Hoy en día, aquel logro adquiere el valor de la resistencia frente a las pleamares de la negación de la evidencia científica, el egoísmo y la desmemoria, así como los ataques a la convivencia, a la diferencia, a los principios del desarrollo sostenible y a la justicia social.
Ha querido el destino que poco antes que él nos dejara también un teórico y glosador de la insularidad desde una perspectiva humanística, Eugenio Padorno. En su poema 'Palabras para la arqueología', el pensador exploró las cavernas de la memoria y el tiempo, hasta desembocar, según escribió, en «la imagen de la vida y la muerte en los silos cinerarios».
Es preciso decir que Cipriano no está en ningún cielo. Está en el celaje. ¡Cómo le gustaba esta palabra y lo que encierra! Como hizo la antigua población canaria, miró hacia lo alto, hacia la bóveda celeste repleta de señales y que se despliega tan magníficamente cada noche sobre la cumbre.
Cipriano fue un hombre universal. No obstante, se sentía ante todo profundamente isleño. Por eso dedicó muchos de sus esfuerzos a estudiar y defender las singularidades propias de estos territorios rodeados por el mar, los desafíos y los sueños. Y además daba gusto compartir los retos con él porque, además de sabio, era una buena persona.
El ejemplo de existencia que nos entregó Cipriano Marín supone una referencia indispensable en esta era de incertidumbre. Sigamos sus pasos porque continúa ontinúa siendo el hombre que lleva consigo la antorcha de las ideas que nos permitirá llegar al final del oscuro túnel. Porque Cipriano, como dije antes, estaba y está hecho de luz, del solsticio al equinoccio de nuestras vidas. Muchas gracias.
Algunas de esas luces extraordinarias brillan durante unos días. Es el caso de los rayos del sol cuando se elevan sobre las espaldas de la Caldera de Tejeda para anunciar la llegada del otoño, al caer con precisión sobre el marcador labrado en la toba volcánica por la población aborigen.
Otras luces, en cambio, alumbran sin descanso, con la intensidad propia de todo aquello nacido para perdurar en forma de memoria, respeto e inspiración permanente. En esta categoría se encuentra Cipriano Martín.
Jamás se alcanza una cima sin contar con un guía experto, solidario, bueno, sabio y comprometido. Como aves confiadas, todos estos adjetivos se posaban sobre la persona de Cipriano.
Cipriano Marín, y conviene recordarlo las veces que sea necesario para que la población grancanaria tome clara conciencia de ello, fue ese faro indispensable en la travesía que condujo a que el mundo reconociera la magnitud del tesoro de tiempo que albergaba nuestra cumbre. Es la huella de la antigua población canaria que mantiene su latido en el presente.
Los acontecimientos cruciales para un territorio y un pueblo poseen un lugar y un momento con los que pasan a ser registrados en la historia. En el caso del Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria, ocurrió en la mañana del 7 de julio de 2019 en Bakú, capital de Azerbayán, donde la Unesco declaró su condición de Patrimonio de la Humanidad.
Pero esos momentos inolvidables también tienen nombres propios. En este caso, está escrito con mayúsculas el de la persona a la que hoy rendimos este necesario homenaje público. Y por muchos motivos que quiero subrayar…
Un dicho del Cáucaso azerbayano, precisamente, afirma lo siguiente: «Si las manos se unen, moverán montañas». Rescato esta idea porque la combinación de calidad científica y humana de Cipriano, su clarividencia, su capacidad para concitar consensos y movilizar esfuerzos y voluntades resultaron fundamentales en la configuración de una candidatura sólida y a la altura del legado de las Montañas Sagradas de la isla.
Gracias a Cipriano, convencimos al mundo. Y me atrevería a decir que convencimos a la propia isla, superando las incredulidades, resistencias internas, tibiezas e inseguridades que tantas veces nos han coartado a lo largo de la historia.
Esta vez, muy por el contrario, Cipriano nos hizo ver con claridad que hemos tenido la fortuna y la responsabilidad de recibir en nuestras manos la rica y singular herencia de quienes habitaron el corazón mismo de las Montañas Sagradas, en diálogo constante con la tierra que pisaban y los astros.
Cipriano aportó su visión panorámica, la propia de un pionero y firme defensor de la sostenibilidad, del turismo responsable, de los valores democráticos, de la identidad y la diversidad de los pueblos del planeta, con especial sensibilidad hacia los territorios insulares.
El proceso que impulsamos desde el Cabildo y que él ayudó a enhebrar con rapidez y extraordinario rigor sigue siendo un ejemplo ante la Unesco. Además, reavivó el sentimiento de ser depositarios de una naturaleza y un devenir histórico fascinantes. Es un entorno que muda de apariencia a la vuelta de cada barranco, envuelto en los saberes de hombres y mujeres que han escrito sus biografías sobre el territorio con la misma precisión de los grabados que contemplamos en cuevas y santuarios.
Hoy en día, son esas huellas las que nos indican el camino, en una apuesta por un modelo racional de desarrollo que se ramifica hacia el futuro sin olvidar sus raíces. Porque Cipriano nos mostró que el Patrimonio Mundial es un abrazo al pasado, pero también un modo de entender el futuro.
Hay personas que prometen y personas que cumplen. Hay vidas que pasan y biografías que dejan un surco fértil a su paso. Podemos ser el polvo que se lleva el viento o la roca. Cipriano Marín eligió en todo momento la segunda opción. Cipriano era portador de una autenticidad que impregnó el expediente del Patrimonio Mundial y, aferrados a esa verdad, alcanzamos la orilla, que era la cumbre, esta vez.
Hoy en día, aquel logro adquiere el valor de la resistencia frente a las pleamares de la negación de la evidencia científica, el egoísmo y la desmemoria, así como los ataques a la convivencia, a la diferencia, a los principios del desarrollo sostenible y a la justicia social.
Ha querido el destino que poco antes que él nos dejara también un teórico y glosador de la insularidad desde una perspectiva humanística, Eugenio Padorno. En su poema 'Palabras para la arqueología', el pensador exploró las cavernas de la memoria y el tiempo, hasta desembocar, según escribió, en «la imagen de la vida y la muerte en los silos cinerarios».
Es preciso decir que Cipriano no está en ningún cielo. Está en el celaje. ¡Cómo le gustaba esta palabra y lo que encierra! Como hizo la antigua población canaria, miró hacia lo alto, hacia la bóveda celeste repleta de señales y que se despliega tan magníficamente cada noche sobre la cumbre.
Cipriano fue un hombre universal. No obstante, se sentía ante todo profundamente isleño. Por eso dedicó muchos de sus esfuerzos a estudiar y defender las singularidades propias de estos territorios rodeados por el mar, los desafíos y los sueños. Y además daba gusto compartir los retos con él porque, además de sabio, era una buena persona.
El ejemplo de existencia que nos entregó Cipriano Marín supone una referencia indispensable en esta era de incertidumbre. Sigamos sus pasos porque continúa ontinúa siendo el hombre que lleva consigo la antorcha de las ideas que nos permitirá llegar al final del oscuro túnel. Porque Cipriano, como dije antes, estaba y está hecho de luz, del solsticio al equinoccio de nuestras vidas. Muchas gracias.
*Antonio Morales es presidente del Cabildo de Gran Canaria. (www.antoniomoralesgc.com)
