23 de abril de 2026

Colaboración: El libro de papel

 Jueves, 23 de abril. 

Fernando T. Romero

Ante la celebración del Día del Libro, divulgamos un texto del prestigioso profesor, escritor y editor Victoriano Santana Sanjurjo, cuya última versión fue publicada en su obra “Soltadas (de literatura y…) Tres”, de Mercurio Editorial (2023). Dicho texto trata sobre la importancia del libro tradicional (libro impreso) frente al libro digital (libro electrónico).
Una vez pasada la etapa del “boom” del libro electrónico, que parecía que se iba a comer al libro de papel, parece evidente que los libros, en ambos formatos, están llamados a convivir en nuestra sociedad. El mencionado profesor nos proporciona un decálogo, a modo de loa, sobre el libro impreso o de papel:
1.- Los libros impresos se pueden acariciar, palpar, recorrer del mismo modo que es factible tocar con las manos los cuerpos amados. El placer de pasar páginas y sentir la suavidad del papel en los dedos es único.
2.- Los libros impresos huelen. Las hojas, la tinta y el tiempo perfuman los actos de lectura y se adhieren de manera evocadora en el ánimo e intelecto de quien se dispone a emprender la infinita travesía hacia la inmortalidad.
3.- Los libros impresos son verdaderamente portables, porque no necesitan más energías que las de nuestra vigilia y motivación. Puedes llevarlos contigo adonde quieras sin preocuparte de si la batería está o no cargada ni de cuanta autonomía tiene.
4.- Los libros impresos son singulares. Un libro impreso es una totalidad en sí mismo; una realidad tridimensional compuesta por hojas entintadas que depende de la actitud con la que es recibida por parte de cada lectora o lector (tú, por ejemplo). Su razón de ser, en el fondo, se sujeta a cada razón de estar.
5.- Los libros impresos pueden personificarse. Los libros que se aman de verdad son reescritos y manuscritos entre sus páginas; contienen, como las cortezas de los árboles romantizadas, inscripciones que son viejas señales de lecturas que llegaron hasta lo más hondo. Las maravillosas exégesis solo son posibles en los textos empapelados.
6.- Los libros impresos se comparten como testimonio de afecto y se heredan como bienes patrimoniales; los ficheros electrónicos, como mucho, se copian. Notable diferencia.
7.- Los libros impresos se engalanan con dedicatorias y marcapáginas tan exclusivos como los contenidos que atesoran. El valor emocional de estos elementos es irreemplazable.
8.- Los libros impresos se terminan. Los libros deben tener un final, como la vida misma; los textos electrónicos corren el riesgo de “hiper-enlazarse” con otros escritos hasta los extremos más inconcebibles. El remate es el cierre de una idea, de una intención; es la pausa tras la agitación. El silencio tras la última página es indispensable.
9.- Los libros impresos casi siempre son legibles. Un libro roto puede ser, hasta donde sea factible, reconstruido. De un destrozo, en ocasiones, es realizable la salvación de oraciones, párrafos, algunas hojas; algo, en suma, que quizás, permita que se lea, se entienda, se asimile… se disfrute. La mitad de un libro roto es en sí un universo, aunque se nos muestre incompleto; un fichero digital estropeado no sirve para nada.
10.- Los libros impresos son estéticos. Un millón de archivos en un dispositivo electrónico no poseen la belleza evocadora de una librería repleta de ejemplares, todos diferentes en formas, colores, tamaños… En este sentido, los anaqueles (=los estantes) no dejan de ser admirables galerías de arte donde cada cubierta es una hermosa proposición de creatividad gestada para el placer estético.
Por otra parte, el mencionado profesor en otra publicación “El Quijote tuneado” (2013), escribía sobre la importancia que tiene el libro físico (libro de papel) también para la economía; ya que, para cualquier libro que llega a nuestras manos, es necesario que, antes, muchas personas cumplan con su trabajo. 
Y lo concretaba de la manera siguiente: alguien tiene que hacer la revisión editorial y rellenar la hoja de créditos, alguien ha de negociar con la imprenta el coste de los ejemplares, alguien debe realizar las gestiones administrativas oportunas para que la obra quede registrada adecuadamente, alguien tiene que configurar la maquinaria para que los contenidos del autor aparezcan correctamente sobre el papel, alguien ha de atender al trabajo de encuadernación y de supervisión de los volúmenes, alguien tiene que llenar las cajas con los ejemplares y cargar los bultos en el vehículo de transporte, alguien tiene que trasladar el producto desde la imprenta (lugar de origen) hasta el cliente (la editorial), alguien de la distribuidora tiene que llevar los libros a la librería; y alguien de la librería debe recibir y registrar los ejemplares para su venta y facilitar al cliente la adquisición del título.
Por ello, debemos agradecer a todos los mencionados “alguienes” su coordinado trabajo. Y siempre que leas un libro, recuerda: desde que el escritor o autor entregó el manuscrito-archivo informático de su creación en la editorial hasta que el ejemplar llegó a tus manos, las personas señaladas han cumplido a la perfección con su trabajo.
¡Feliz Día del Libro!