10 de octubre de 2013

Opinión: "Crisis: necesidad urgente de compromiso"

Jueves, 10 de octubre.

Fernando T. Romero*
La incorporación de España a la Unión Europea (1986) representaba la consolidación de la democracia en nuestro país, el progreso, la modernidad, la riqueza, la recuperación del tren de la historia que habíamos perdido por nuestro secular aislamiento del continente. Europa era nuestro futuro. Una ola de entusiasmo y optimismo europeísta fue casi unánime y era compartida por la mayoría de los ciudadanos.
En aquellos años y lustros siguientes uno de los pilares fundamentales de la U.E. era desarrollar políticas de cohesión entre los países miembros para favorecer una mejor distribución de la riqueza. Esta cohesión territorial constituía, junto con los servicios y las prestaciones públicas de carácter universal (sanidad, educación, pensiones), un rasgo que distinguía a las sociedades de la Unión Europea de las del resto del mundo.
Pero llegó esta crisis económica. Las crisis cíclicas son propias del sistema capitalista, por lo que la actual no es ninguna excepción; pero sí ha sido más profunda y duradera que otras anteriores. Como es sabido, la presente crisis fue provocada por la banca privada. Y ésta exigió en E.E. U.U. y en Europa un rescate cuantificado en muchos cientos de miles de millones de dólares, euros, etc. Una parte de esa banca privada fue nacionalizada, pero con la firme expectativa de ser privatizada de nuevo, tras su saneamiento financiero con el dinero de los ciudadanos, como mandan los cánones ortodoxos de la ideología dominante.
Así las cosas, aquella Europa del progreso, de la cohesión territorial, de los servicios públicos de carácter universal y de nuestras ilusiones, se ha convertido en el último lustro en adalid de un capitalismo liberal y despiadado en el que solo importa la economía y el nuevo becerro de oro: el euro. Es “la Europa de los mercaderes”, en expresión acuñada en su momento por Julio Anguita.
La ciudadanía ya no tiene derecho a saber lo que hay detrás de un euro mal diseñado (introducido en 2002), de una Europa que no quiere desarrollar las instituciones democráticas y que, por el contrario, deja que nos gobiernen los grupos de poder financiero que no se presentan nunca a las elecciones.
A pesar de todo, la Unión Europea fue concebida para promover un mayor bienestar y el desarrollo de los pueblos del continente. Y esos principios continúan vigentes. Pero la Europa que ahora nos quieren imponer es la de la miseria, la de los salarios bajos, la de los servicios de baja calidad y la de la falta de democracia (gobierno de tecnócratas). En ese marco, España está condenada a la pobreza y a la sumisión.
La derecha de toda la vida (la derecha económica, política, religiosa y judicial), aprovechando esta crisis, ha decidido que ya es hora de que las cosas vuelvan a su cauce natural. O sea, a que manden, y sobre todo a que vivan bien, los de siempre. Y ya nos están enviando mensajes como, por ejemplo, ¿qué es eso de que los hijos e hijas de los trabajadores puedan acceder a la Universidad en las condiciones que lo han hecho hasta ahora? Eso pronto se va a acabar. Los hijos de los trabajadores, como sus padres, deben dedicarse a lo suyo, a su dedicación de siempre: a trabajar. ¡Faltaría más! Y ya se está encargando de que esto sea así, entre otros, el ministro Wert con sus decretos universitarios y su LOMCE.
Como consecuencia de esos sibilinos mensajes, la cultura, los estudios superiores y, posteriormente, la dirección de la sociedad sería lo más adecuado y correcto que cayera en los reducidos grupos de la élite social. Como ha sido toda la vida desde que el mundo es mundo. Tras el final de la guerra fría (caída del muro de Berlín, 1989), ya era hora de acabar sin escrúpulos con ese paréntesis que ha distorsionado la historia reciente, conocido en Europa Occidental como el del Estado de bienestar. Regresar al pasado más oscuro, sin derechos sociales y de corte caciquil, ése es el futuro que nos espera si no reaccionamos…
Ya lo ha dicho el Nobel de Economía (2008), Paul Krugman: “los ricos se están recuperando muy bien”. Y, por otra parte, José Antonio Nieto, miembro del colectivo EconoNuestra y profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, ha escrito que una de las consecuencias de esta “Gran Recesión” es que “nos encaminamos hacia el Estado basura”. Y se pregunta: ”¿Por qué los ciudadanos solo importan para votar y pagar impuestos? ¿Por qué el futuro que nos espera es de mayores desigualdades y podemos acabar clasificados entre ciudadanos de primera categoría (muy pocos), de segunda (empobrecidos) y de tercera (inmigrantes)?”.
Está claro que la gente tiene derecho a saber que le están mintiendo cuando nos dicen que lo que hay que hacer es bajar salarios, bajar pensiones y recortar derechos sociales. Pero también es triste e irritante observar que gran parte de los ciudadanos permanecen quietos y sumisos. Y, además, es mucho peor cuando, según las encuestas, más del 30% del electorado, a pesar de todo, volvería todavía, de nuevo, a darles el voto a los mismos que nos perjudican.
¡Qué país! No tenemos remedio. Nuestra actitud como pueblo, salvando las distancias, sigue pareciéndose bastante a la de hace casi 200 años, cuando con el regreso del rey Fernando VII del cautiverio francés, y tras imponer de nuevo el absolutismo, buena parte del pueblo lo apoyaba al grito: ¡Viva las caenas!
El señor Rajoy, ante sus “populares” decisiones, nos pide sacrificios e incluso ha manifestado que “hay que tener paciencia”. Pues no, Sr. Presidente. ¡Ya está bien! Además, va usted presumiendo por ahí (recientemente en Tokio), de su “éxito” por los bajos salarios y la eliminación de derechos sociales que ha impuesto a los ciudadanos. ¡Qué cinismo! Yo le diría a usted y a los ciudadanos que lo que tenemos que hacer ya, es perder la paciencia; pero eso sí, democráticamente.
¿De verdad no tenemos nada que decir a todo lo que está pasando? O reaccionamos o nos ahorcarán con la soga de nuestra indiferencia. Por ello, debemos reflexionar, sacar nuestras propias conclusiones y actuar en consecuencia. De ahí que el compromiso no solo sea necesario, ya es urgente.
*Fernando T. Romero es miembro de la Mesa de Roque Aguayro.