Fernando T. Romero*
La incorporación de España
a la Unión Europea (1986) representaba la consolidación de la democracia en
nuestro país, el progreso, la modernidad, la riqueza, la recuperación del tren
de la historia que habíamos perdido por nuestro secular aislamiento del
continente. Europa era nuestro futuro. Una ola de entusiasmo y optimismo europeísta
fue casi unánime y era compartida por la mayoría de los ciudadanos.
En aquellos años y lustros
siguientes uno de los pilares fundamentales de la U.E. era desarrollar políticas
de cohesión entre los países miembros para favorecer una mejor distribución de
la riqueza. Esta cohesión territorial constituía, junto con los servicios y las
prestaciones públicas de carácter universal (sanidad, educación, pensiones), un
rasgo que distinguía a las sociedades de la Unión Europea de las del resto del
mundo.
Pero llegó esta crisis económica.
Las crisis cíclicas son propias del sistema capitalista, por lo que la actual
no es ninguna excepción; pero sí ha sido más profunda y duradera que otras
anteriores. Como es sabido, la presente crisis fue provocada por la banca
privada. Y ésta exigió en E.E. U.U. y en Europa un rescate cuantificado en
muchos cientos de miles de millones de dólares, euros, etc. Una parte de esa
banca privada fue nacionalizada, pero con la firme expectativa de ser
privatizada de nuevo, tras su saneamiento financiero con el dinero de los
ciudadanos, como mandan los cánones ortodoxos de la ideología dominante.
Así las cosas, aquella
Europa del progreso, de la cohesión territorial, de los servicios públicos de
carácter universal y de nuestras ilusiones, se ha convertido en el último
lustro en adalid de un capitalismo liberal y despiadado en el que solo importa
la economía y el nuevo becerro de oro: el euro. Es “la Europa de los mercaderes”,
en expresión acuñada en su momento por Julio Anguita.
La ciudadanía ya no tiene
derecho a saber lo que hay detrás de un euro mal diseñado (introducido en
2002), de una Europa que no quiere desarrollar las instituciones democráticas y
que, por el contrario, deja que nos gobiernen los grupos de poder financiero
que no se presentan nunca a las elecciones.
A pesar de todo, la Unión
Europea fue concebida para promover un mayor bienestar y el desarrollo de los
pueblos del continente. Y esos principios continúan vigentes. Pero la Europa
que ahora nos quieren imponer es la de la miseria, la de los salarios bajos, la
de los servicios de baja calidad y la de la falta de democracia (gobierno de
tecnócratas). En ese marco, España está condenada a la pobreza y a la sumisión.
La derecha de toda la vida
(la derecha económica, política, religiosa y judicial), aprovechando esta
crisis, ha decidido que ya es hora de que las cosas vuelvan a su cauce natural.
O sea, a que manden, y sobre todo a que vivan bien, los de siempre. Y ya nos
están enviando mensajes como, por ejemplo, ¿qué es eso de que los hijos e hijas
de los trabajadores puedan acceder a la Universidad en las condiciones que lo
han hecho hasta ahora? Eso pronto se va a acabar. Los hijos de los
trabajadores, como sus padres, deben dedicarse a lo suyo, a su dedicación de
siempre: a trabajar. ¡Faltaría más! Y ya se está encargando de que esto sea así,
entre otros, el ministro Wert con sus decretos universitarios y su LOMCE.
Como consecuencia de esos
sibilinos mensajes, la cultura, los estudios superiores y, posteriormente, la
dirección de la sociedad sería lo más adecuado y correcto que cayera en los
reducidos grupos de la élite social. Como ha sido toda la vida desde que el
mundo es mundo. Tras el final de la guerra fría (caída del muro de Berlín,
1989), ya era hora de acabar sin escrúpulos con ese paréntesis que ha
distorsionado la historia reciente, conocido en Europa Occidental como el del
Estado de bienestar. Regresar al pasado más oscuro, sin derechos sociales y de
corte caciquil, ése es el futuro que nos espera si no reaccionamos…
Ya lo ha dicho el Nobel de
Economía (2008), Paul Krugman: “los ricos se están recuperando muy bien”. Y,
por otra parte, José Antonio Nieto, miembro del colectivo EconoNuestra y
profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, ha
escrito que una de las consecuencias de esta “Gran Recesión” es que “nos
encaminamos hacia el Estado basura”. Y se pregunta: ”¿Por qué los ciudadanos
solo importan para votar y pagar impuestos? ¿Por qué el futuro que nos espera
es de mayores desigualdades y podemos acabar clasificados entre ciudadanos de
primera categoría (muy pocos), de segunda (empobrecidos) y de tercera
(inmigrantes)?”.
Está claro que la gente
tiene derecho a saber que le están mintiendo cuando nos dicen que lo que hay
que hacer es bajar salarios, bajar pensiones y recortar derechos sociales. Pero
también es triste e irritante observar que gran parte de los ciudadanos
permanecen quietos y sumisos. Y, además, es mucho peor cuando, según las
encuestas, más del 30% del electorado, a pesar de todo, volvería todavía, de
nuevo, a darles el voto a los mismos que nos perjudican.
¡Qué país! No tenemos
remedio. Nuestra actitud como pueblo, salvando las distancias, sigue pareciéndose
bastante a la de hace casi 200 años, cuando con el regreso del rey Fernando VII
del cautiverio francés, y tras imponer de nuevo el absolutismo, buena parte del
pueblo lo apoyaba al grito: ¡Viva las caenas!
El señor Rajoy, ante sus “populares”
decisiones, nos pide sacrificios e incluso ha manifestado que “hay que tener
paciencia”. Pues no, Sr. Presidente. ¡Ya está bien! Además, va usted
presumiendo por ahí (recientemente en Tokio), de su “éxito” por los bajos
salarios y la eliminación de derechos sociales que ha impuesto a los
ciudadanos. ¡Qué cinismo! Yo le diría a usted y a los ciudadanos que lo que
tenemos que hacer ya, es perder la paciencia; pero eso sí, democráticamente.
¿De verdad no tenemos nada
que decir a todo lo que está pasando? O reaccionamos o nos ahorcarán con la
soga de nuestra indiferencia. Por ello, debemos reflexionar, sacar nuestras
propias conclusiones y actuar en consecuencia. De ahí que el compromiso no solo
sea necesario, ya es urgente.
*Fernando T. Romero es miembro de la Mesa de Roque Aguayro.