Jueves, 25 de junio.
Fernando T. Romero
Independientemente de las graves causas judiciales que absorben la actualidad, el calendario político se impondrá y, de forma inevitable, dentro de algunos meses estaremos inmersos en distintos procesos electorales. Las organizaciones políticas, junto con la designación de candidatos y candidatas, tendrán que plantearse las posibles alianzas, pactos o coaliciones.
Ante este panorama, parece evidente que las alianzas preelectorales entre las fuerzas de izquierdas y progresistas suelen firmarse siempre en momentos de declive, de notable bajada electoral. Por el contrario, si la izquierda estuviese en auge, las coaliciones -si fueran necesarias- se dejarían para después de las elecciones, atendiendo al peso político obtenido en las urnas por cada formación y a los programas de cada parte con el objetivo de entrar en los gobiernos. Pero éste no es el contexto actual.
Por tanto, si todas las coaliciones surgen en momentos de necesidad, es imprescindible que entre los partidos que la formen exista confianza y lealtad, aunque persistan las diferencias. En una coalición no puede darse un choque de purezas ideológicas, pues así no se llegaría a nada. Es imprescindible proceder, por todas las partes, a la congelación (o suspensión) de determinadas purezas de cada uno, mediante un mínimo acuerdo base y un programa a desarrollar, con el objetivo común de lograr el bien superior de un mayor bienestar material y social para la ciudadanía.
Igualmente, es necesario también abandonar los mensajes vacíos o los lugares comunes que nos han llegado, por ejemplo, de la reunión de Barcelona celebrada el pasado 9 de abril para intentar la formación de una coalición de izquierdas a nivel del Estado: “que la gente tenga vidas dignas”; “interesa un debate de construcción alternativa”; “hay que hacer algo”; “hacer equipo merece la pena”. Esas mismas consignas valdrían para cualquier discurso de las fuerzas de la derecha.
Por eso, es necesario innovar y elaborar un programa electoral novedoso y realista que ilusione a los electores. Las coaliciones progresistas son necesarias, pero, como se ha comprobado en este país, ya no basta con limitarse a proclamar el mantra de que viene el fascismo, pues éste ya está entre nosotros. Una fuerza de progreso nacionalista, además de su especial dedicación por profundizar y salvaguardar las singularidades de su territorio y de su gente, se caracteriza también por una especial sensibilidad por los asuntos de calado social.
Por ello, debe ser prioritario el planteamiento de una política social que evite, en lo posible, un gobierno reaccionario e involucionista; y dejar, en un segundo plano, las conveniencias partidistas de la política institucional (el orden en las listas, los cargos, etc.).
Por tanto, es crucial desarrollar un nuevo lenguaje político que, sin caer en la polarización, consiga emocionar y conectar con la gente. Y, desde luego, es imprescindible que todo esto se haga para proteger las instituciones públicas, cuyo deterioro es la derrota de cualquier proyecto progresista.
Ante este panorama, parece evidente que las alianzas preelectorales entre las fuerzas de izquierdas y progresistas suelen firmarse siempre en momentos de declive, de notable bajada electoral. Por el contrario, si la izquierda estuviese en auge, las coaliciones -si fueran necesarias- se dejarían para después de las elecciones, atendiendo al peso político obtenido en las urnas por cada formación y a los programas de cada parte con el objetivo de entrar en los gobiernos. Pero éste no es el contexto actual.
Por tanto, si todas las coaliciones surgen en momentos de necesidad, es imprescindible que entre los partidos que la formen exista confianza y lealtad, aunque persistan las diferencias. En una coalición no puede darse un choque de purezas ideológicas, pues así no se llegaría a nada. Es imprescindible proceder, por todas las partes, a la congelación (o suspensión) de determinadas purezas de cada uno, mediante un mínimo acuerdo base y un programa a desarrollar, con el objetivo común de lograr el bien superior de un mayor bienestar material y social para la ciudadanía.
Igualmente, es necesario también abandonar los mensajes vacíos o los lugares comunes que nos han llegado, por ejemplo, de la reunión de Barcelona celebrada el pasado 9 de abril para intentar la formación de una coalición de izquierdas a nivel del Estado: “que la gente tenga vidas dignas”; “interesa un debate de construcción alternativa”; “hay que hacer algo”; “hacer equipo merece la pena”. Esas mismas consignas valdrían para cualquier discurso de las fuerzas de la derecha.
Por eso, es necesario innovar y elaborar un programa electoral novedoso y realista que ilusione a los electores. Las coaliciones progresistas son necesarias, pero, como se ha comprobado en este país, ya no basta con limitarse a proclamar el mantra de que viene el fascismo, pues éste ya está entre nosotros. Una fuerza de progreso nacionalista, además de su especial dedicación por profundizar y salvaguardar las singularidades de su territorio y de su gente, se caracteriza también por una especial sensibilidad por los asuntos de calado social.
Por ello, debe ser prioritario el planteamiento de una política social que evite, en lo posible, un gobierno reaccionario e involucionista; y dejar, en un segundo plano, las conveniencias partidistas de la política institucional (el orden en las listas, los cargos, etc.).
Por tanto, es crucial desarrollar un nuevo lenguaje político que, sin caer en la polarización, consiga emocionar y conectar con la gente. Y, desde luego, es imprescindible que todo esto se haga para proteger las instituciones públicas, cuyo deterioro es la derrota de cualquier proyecto progresista.
